”SABORES Y SABERES”, por Maryse Renaud

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Más allá del sabor: saber y coraje de la imaginación

 

Acercamientos a En abril, infancias mil (cuentos), El cuaderno granate (novela) y La mano en el canal (novela), de Maryse Renaud

 

 

 

Il faut apprendre à apprivoiser les livres. Ils seront nos compagnons d’infortune.

 

Frères volcans

Vincent Placoly

 

 

 

 

 

 

 

Después de analizar durante tantísimos años textos ajenos, voy a intentar hablar hoy de los míos, ajustándome a la temática de nuestro coloquio sobre Sabores y saberes de la literatura latinoamericana. Lo haré como pueda, bien o mal, consciente de las dificultades que entraña este tipo de ejercicio. ¿Pero acaso no es el escritor su primer lector ? Partiré de algunas consideraciones generales sobre la literatura y su relación con los alimentos y las sensaciones engendradas por éstos, ya que la noción de sabor implica necesariamente una reflexión sobre las reacciones subjetivas —de satisfacción, entusiasmo, decepción, indiferencia, rechazo, repugnancia— del sujeto receptor. O, por decirlo de otro modo, la noción de sabor es indisociable de la cuestión de la recepción. Por las papilas de la lengua y el paladar, si nos atenemos a las definiciones que suelen dar los diccionarios, como, por ejemplo, el Diccionario del español actual de Manuel Seco y Olimpia Andrés. Por sabor se entiende la « cualidad [de una cosa, esp. un alimento] que es capaz de provocar una sensación específica en las papilas de la lengua y el paladar», o en el ánimo (segunda acepción).

Veamos primero, por qué no, cómo abordan el problema los franceses. En Falthurne, novela inconclusa del joven Balzac, fechada en los años 1820, el narrador pone en boca de un personaje masculino los siguientes comentarios : «Los autores se preocupan poco por los estómagos de sus héroes ; los hacen ir de compras, los involucran en aventuras que no los dejan respirar ni a ellos ni al lector, y nuncan tienen hambre. […] Pinten pues la época, y en cada época se cena. Es, en mi opinión, lo que más desacreditaestas obras. ¿Acaso se come en René ?» Estos sarcásticos comentarios los comparte, no cabe duda, el novelista Balzac, tan amigo de detalles concretos, palpables, enraizados en la realidad más cotidiana, que se esforzará por pintar en su Comedia Humana. Recordemos, con la crítica balzaciana1, las reacciones eufóricas de los huéspedes de la Pensión Vauquer, saludando ruidosamente la aparición de los diversos platos, o las actitudes familiares de Papá Goriot soplando sin cumplidos sobre su sopa o aspirando con la nariz la harina de su pan. Es aquí, a todas luces, el Romanticismo francés —y su idealista adalid Chateaubriand— el blanco del realismo balzaciano. Notemos, sin embargo, que al fijarse privilegiadamente en el siglo XIX, o sea, su presente, Balzac pasa por alto, no sin cierta desenvoltura, el lugar destacado otorgado a los alimentos y la sensualidad en la prosa rabelaisiana, así como la tradición carnavalesca y paródica medieval.

Ahora bien, ¿qué pensar del estatuto que la literatura de expresión española otorga a los sabores ? ¿Acaso se fija también en los estómagos o, más delicada, más atinadamente, en esas papilas de la lengua y ese paladar que sólo permiten, hablando con propiedad, la emergencia de la noción de sabor ? El estatuto de papilas y paladar ya no plantea problema. Parece actualmente asegurado, tanto en España como en América, y hasta privilegiado, como lo muestra una parte nada desdeñable de la narrativa contemporánea. ¿Acaso no es el mismo detective Pepe Carvalho, de Vázquez Montalbán, un experto en gastronomía ? Pero la progresiva implantación del órgano de la boca no deja de ser aleccionadora. Particularmente en América Latina, objeto de nuestras reflexiones. Parece imponerse desde hace varias décadas, en efecto, cierto «giro afectivo» en la literatura latinoamericana, como lo señala la ensayista colombiana Mabel Moraña2. ¿Será, a través de la valorización de la boca y los sabores, el « lenguaje de las emociones », del afecto, el que pretende hacerse oír, como también se complace en subrayarlo la prensa actual en sus rúbricas culturales ? Con esta flamante, esta asumida subjetividad y oblicua feminización de la escritura, ¿no se tratará acaso de cuestionar la primacía de los clásicos planteamientos masculinos ­—épicos, binarios—, de cambiar de canon, abriendo el texto a una plurivocidad novedosa, más allá de crispaciones genéricas, por ejemplo ? ¿Y por qué no interrogarnos desprejuiciadamente sobre el alcance real de los saberes teóricamente transmitidos por estos sabores que con tan unánime euforia nos disponemos hoy a celebrar .

 

 

 

Antes de abordar, sin embargo, los textos latinoamericanos de las últimas décadas, echemos una rápida ojeada a algunos momentos clave de la literatura española, que nos ayudarán a captar mejor la relevancia de esta boca y este paladar que han ido invadiendo la prosa contemporánea. No se nos escapa que en el Renacimiento español, por ejemplo, los libros de caballerías, de origen medieval, impregnados de idealismo amoroso y elementos fantásticos y de misterio, fueron poco propensos a la valorización de un órgano tan prosaico como la boca. Aunque en determinados momentos, en el mismo Amadís de Gaula, en medio de prolijas evocaciones de «hermosas dueñas», «esforzados caballeros», acogedoras florestas y arrogantes castillos, puede surgir cierta preocupación por el «abastecimiento». Véase el título del capítulo LXXIV (tomo II) :

De cómo el Caballero de la Verde Espada escribió al emperador de Constantinopla, cuya era aquella ínsula, cómo había muerto aquella fiera bestia y de la falta que tenía de abastecimiento, lo cual el emperador proveyó con mucha diligencia y al caballero pagó con mucha honra y amor la honra y servicio que le había hecho en le librar aquella ínsula que perdida tenía tanto tiempo había3.

El alimento —los víveres— no está ausente de la literatura cortesana. Su función es la de un medio, de un combustible, por así decirlo, indispensable a la buena marcha de la epopeya, pero sus aventuras por el cuerpo, las transformaciones que sufre, las reacciones que provoca, no parecen dignas de ocupar un lugar destacado en la ficción y de suscitar mayores comentarios. De los órganos humanos y las funciones corporales no se habla mayormente.

De la novela picaresca, diametralmente opuesta a la novela de caballerías que por varios conceptos parodia, podría esperarse otro tipo de discurso, más libre, más desprejuiciado, otra actitud hacia el cuerpo. Así sucede en efecto. En el Lazarillo de Tormes (1554) se dan efectivamente insistentes alusiones a la comida y hasta se encuentran detalles de un crudo realismo, como en el conocido episodio del ciego y la longaniza. Episodio satírico destinado a evidenciar ante todo la mísera condición del pícaro, totalmente supeditado a la voluntad de amos frecuentemente avarientos y mezquinos. Pero es en los elementos externos en los que se suele fijar el relato, con toques grotescos, animalizadores, desacralizadores : en el semblante, los labios, el pescuezo, más que en la cavidad de la boca. Y cuando se llega a aludir concretamente a dicha cavidad, es brevemente. Enseguida pasamos de ésta al estómago, órgano estratégico si cabe en la novela picaresca :

[…]asiéndome con las manos, abrióme la boca más de su derecho, y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada[…]. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dió con el hurto en ella ; de suerte que su nariz, y la negra mal mascada longaniza, a un tiempo salieron de mi boca4 .

En el duro contexto de crisis económica del momento, en una sociedad dominada, además, por la Iglesia, no es la cavidad de la boca, ni son los sabores de la comida, ni el disfrute sensual que pueden provocan, los que consignará la novela picaresca, sino la noción de carencia la que llegará a saturar literalmente ciertas novelas, como el famoso Buscón de Quevedo, por ejemplo. Con una furia barroca llena de creatividad, en el brillante episodio del licenciado Cabra el autor irá desarrollando con humor la temática del hambre, eje vertebrador de la literatura picaresca. La boca, carente de dientes, evidentemente, sólo será entonces un componente truculento, entre otros muchos, del devastador retrato del flaco Licenciado Cabra (también tildado, con la famosa metábasis, de « clérigo cerbatana»). De hecho, la boca en tanto órgano en sí, autónomo, apenas si retiene la atención en la literatura picaresca. Cuando a ella se alude fuera del ya mencionado contexto de escasez, es usándola generalmente como pretexto para la crítica del pecado de gula, o sea, resulta ser un elemento que contribuye a consolidar la dimensión moralizadora del texto, tanto en Quevedo como en Mateo Alemán.

Como se aprecia, la boca como tal —una cavidad discreta, disimulada tras los labios, una puerta sospechosa abierta hacia un eventual mundo de placer— tarda en obtener sus cartas de ciudadanía en la narrativa de habla española. Ni siquiera el barroco español, sensible al boato de las flores y los frutos, a la explosión de los colores, reconoce plenamente la relevancia de este órgano. En el mismo Góngora, cuyas sensuales Soledades han sido consideradas por el cubano Lezama Lima como « poemas de los sentidos », dicha sensualidad viene a ser en buena parte una forma de homenaje al esplendor de la Creación divina. En esto el poeta andaluz sigue fiel a la tradición pictórica de los bodegones (pensemos en los llamativos óleos de fondo negro de Sánchez Cotán exaltando la creación divina).

En la América colonial, regida por las mismas pautas estéticas, es más o menos idéntica la situación. De los alimentos de la tierra americana, fecunda y generosa cornucopia, se hace la alabanza, oponiéndolos a los de la metrópoli ; también se defiende y reivindica la nobleza y creatividad de la labor femenina en la cocina (Sor Juana Inés de la Cruz en su famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz), pero la boca no llega a ocupar el primer plano de la ficción.

Habrá que esperar el siglo XIX, con la novela realista, y más aún el XX, siglo de vanguardias ebrias de transgresiones de todo tipo, para que se opere en la literatura de expresión española un significativo deslizamiento : de lo divino a lo humano. O sea, que el anclaje en la materia se consolida en detrimento de las referencias a los valores religiosos. De ahí, en América Latina, por ejemplo, una profusión de celebraciones poéticas de los alimentos y el vino : por Neruda, en sus Odas elementales (1952-1954), sus Nuevas odas elementales (1955), sus Navegaciones y regresos (1957-1959), etc.5 ; por la antipoesía chilena —Nicanor Parra— en sus carnavalescas evocaciones de los recipientes de uso común, los utensilios de cocina y las costumbres rústicas6.

La boca y el paladar, ajenos a todo mandato religioso, van intentando implantarse en la literatura, todavía fascinada por otros objetos. La literatura del Boom, con su anclaje en la cultura popular y la cotidianeidad, contribuirá a su manera a esta evolución. Con ella el cuerpo invade la ficción, junto con los relatos de banquetes y comilonas. Acordémonos, en Cien años de soledad, del famoso duelo, o « torneo », entre Aureliano Segundo, « gran comedor sin principios », y Camila Sagastume, alias la Elefanta. Episodio truculento en que confunden sus aguas realismo mágico y tradición rabelaisiana, donde es el estómago, sin embargo, antes que la boca el que sigue concentrando la atención. O, por decirlo de otro modo, donde prevalece la lógica del personaje masculino, cuantitativa, épica, más que la del personaje femenino, competidora atípica dotada de cierta delicadeza, erróneamente tenida» al inicio por una vulgar « quebrantahuesos y perdida, de hecho, en la gran familia de glotones y tragaldabas masculinos de que participa Aureliano Segundo. El estómago, como bien lo indica el diccionario de Manuel Caso, no deja de ser « en el hombre [la]parte baja del tórax ». La boca, en cambio, digo yo, ocupa un lugar más… elevado. ¡Divertida coincidencia ! Pongámonos, por qué no, a refranear : Del estómago a la boca media un buen trecho. No dudarán en franquearlo audazmente las mujeres, dignificando esta desatendida, sospechosa y, sin embargo, refinada cavidad.

En los años 80-90 elmovimiento ascendente de la literatura femenina impone, como se sabe, nuevos espacios narrativos. Espacios gratificantes para los personajes femeninos, entre los cuales —de modo inesperado y hasta cierto punto paradójico— la cocina, propicia a la revalorización de la boca y la sensualidad. De la periferia, la cocina pasa a ser en adelante un motivo (y hasta un tema) que puede llegar a céntrico. Bajo el pretexto de la celebración de las recetas de cocina, se matarán varios pájaros de un tiro. Se destaca primero la realidad del trabajo femenino en la casa y la función nutricia, vital, de la mujer. También se enfatiza la dimension estética de la preparación de los alimentos, la artística destreza en la combinación de los sabores.

Pero ante todo es la cavidad de la boca la que es objeto de estudio. La boca, es decir, la pareja boca-paladar, sede del placer, de la sensualidad, sugiere insistentemente la unión de lo femenino y lo masculino, y la ambigüedad de la cocina. La cocina, en efecto, es a la vez espacio de reclusión de la mujer, pero también espacio de tranmisión de una tradición, de un pasado tanto familiar como nacional, que involucra lo mismo a los hombres que a las mujeres. Es, de hecho, un inesperado lugar de encuentro. Un espacio sobre todo de deliciosas transgresiones, rupturas de la norma, creatividad y hasta frenesí ; en una palabra, un taller de experimentaciones abarcadoras que reconcilian, discreta o estrepitosamente, a los dos sexos. Véase, al respecto, Como agua para chocolate (1989), la paradigmática novela de la mexicana Laura Esquivel, que dio el paso en la literatura latinoamericana a una aproximación desprejuiciada, cálida y distanciada a la par, a un amoroso y humorístico rescate de la cocina, la boca, la voluptuosidad y el sexo. La cavidad de la boca se nos impone, de alguna manera, como el segundo sexo del ser humano. El sexo de arriba, refinado y delicado. A no ser que sea el primero.

En esta línea podrían citarse muchos textos narrativos, entre los cuales, por ejemplo, los de Isabel Allende. Yo misma, en parte por ludismo y empatía, me dejé llevar en mis cuentos de En abril, infancias mil por esta corriente de lo que algunos quizás consideren (algo precipitadamente) como una moda. Evoqué mesuradamente, desde Francia donde resido, con humor y nostalgia, las croquetas de bacalao, los mangos de curiosos apelativos femeninos, los sabrosos jugos de maracuyá que tanto entusiasman a mi protagonista, la Niña antillana, de regreso a su isla paradisíacade vacaciones. De algo más que de una moda se trata, si bien se mira. Es la tentación y el rechazo a la vez de la escritura autobiográfica los que aquí se traslucen, creo yo, como sucede a menudo en los primeros textos de los escritores, inconscientemente atrapados por datos sensoriales, por reminiscencias surgidas de vivencias personales o familiares. Pero las sensaciones gustativas aludidas en mi texto no nos anclan únicamente en un referente martiniqués. Rebasan las fronteras de la pequeña isla, revistiendo en ocasiones una dimensión metaliteraria, irónica. En mi cuento satírico La viña endiablada, en que la Niña choca una vez más con las incomprensibles realidades del mundo de los adultos, está presente, con insistencia, el intertexto nerudiano a través de la alusión al vino. Elemento ajeno a la cultura ancestral del antillano, como bien se sabe, pero fuertemente anclado en la cultura francesa (véanse los relatos medievales y renacentistas, por ejemplo, y en el siglo XIX, en Les Fleurs du Mal de Baudelaire, los famosos poemas dedicados al vino, de los que se acordará más tarde Neruda. (Citemos « L’âme du vin », « Le vin des chiffonniers », « Le vin de l’assassin », « Le vin du solitaire », « Le vin des amants ».)

 

Escribe la Niña de mis cuentos a una amiguita, confesándole su asombro ante la afición tan generalizada al vino :

 

Viña del mar por aquí, viña del mar por allá, esto volvía constantemente en la conversación como el flujo y reflujo de la marea, y yo diciéndome qué cosa más rara, que desde cuándo la vid prefiere la estéril arena de la playa a las buenas tierras calcáreas bien soleadas de las colinas. Un sabor salobre tendrá esa uva, ¿no ? Hasta que oí pronunciar el nombre de Neruda por una voz que imaginé ser la de su Menudencia […]. Te acuerdas de Neruda, el autor de ese « Toqui Caupolicán » que nos enseñaron en clase y tanto nos emocionó a las dos. Pues bien, se pusieron a evocar su memoria, acicateados por el gordito, creo, pero sobre el cabecilla araucano « ensartado en la lanza del suplicio », ni una palabra, chica, que todo fue declamar con voz vibrante no sé qué poesía del Vate, como le decían con énfasis, de un misterioso estatuto del vino hablaban, del vino, no faltaba más, que este dichoso brebaje nos sale en todo, hasta en la sopa.7

 

 

Ahora bien, no se trata en las ficciones latinoamericanas de las décadas 80-90, ni en las que actualmente conceden a las sensaciones gustativas un papel destacado, de una rencorosa y frívola vindicación de tradicionales virtudes femeninas largo tiempo infravalorizadas por el mundo masculino, ni de un estéril enfrentamiento genérico. Antes bien, los complementarios « boca y paladar » contribuyen a abrir, más allá de la cálida sensualidad de los sabores, un horizonte de saberes insólitos. El mundo de los sabores participa plenamente de la Historia. Es indisociable de la formación de las naciones americanas, nos ilustra sobre la complejidad de los mestizajes que se dieron en el continente, sobre las clases sociales en contacto o en pugna. Tiende un puente entre el pasado más remoto —el prehispánico, por ejemplo, cuya herencia en ciertas zonas no es de desdeñar— y el presente. Pero el desciframiento de la Historia que, a partir de los sabores propone la sensibilidad femenina, aspira a rebasar la univocidad. No privilegia las abstracciones, lo conceptual, ni las mitificaciones épicas forjadas por una historiografía escrita por los hombres, sino que apunta a señalar la intricada imbricación de lo prosaico y lo noble, de lo íntimo y lo público, de lo masculino y lo femenino. El cuerpo no deja de afirmar su eficiencia en la descodificación de un mundo erizado de asperezas.

La boca y el paladar dan pie entonces a una singular forma de rescate de la memoria, que pretende superar las superficiales, estereotipadas, siempre defectuosas reconstrucciones históricas de la memoria voluntaria. Dicha memoria voluntaria —cabe señalarlo— suele privilegiar el sentido de la vista, exaltar esta actividad observadora, clasificadora, ordenadora, jerarquizadora (concepto heredado de la Antigüedad) mediante la cual se accede supuestamente al conocimiento, a la verdad.

Es, en cambio, a la memoria involuntaria, por esencia emocional, a la que apela el mundo de los sabores, despertando, acicateando las reminiscencias. Es a un buceo proustiano —por así llamarlo—, en aguas profundas, a lo que nos invita a menudo la actual narrativa (escrita por mujeres y también por ciertos hombres). Las sensaciones individuales, la subjetividad, asumiendo incluso el riesgo del kitsch, desembocan en un afán de mayor autenticidad, de comprensión sincera del mundo yel sujeto. Quizás pueda percibirse en ciertos textos, más o menos inconscientemente, el deseo de distanciarse de la escritura ideologizadora de los Padres de la literatura latinoamericana (de la aplastante figura de un García Márquez, particularmente).

Pero volvamos a lo mío. En mi segunda novela, La mano en el canal8, boca y cocina vienen acompañadas de connotaciones nada gratificantes, a primera vista. De la cocina y las labores domésticas se arranca Alba, la criada y nana, ascendida de golpe a la delicada función de madre sustitua del niño Axel. Alentada por otra mujer, maestra de profesión y feminista a su manera, abandona este tradicional espacio para entrar en el misterioso territorio de la biblioteca, de la cultura libresca, al cual estará en adelante ligado el personaje. Distanciándose de la frecuentemente sensual y érotica valorización de la cocina propia de la narrativa contemporánea, La mano en el canal da a ver, muy al contrario, su faz oscura.

Así, el pasaje sobre la cura de pescado impuesta al niño Axel en Grand-Rivière, lejos de exaltar orgullosamente el estatuto de marcador de antillanidad del pescado o de celebrar las bondades de la cocina martiniquesa, como en los cuentos idealizadores de En abril, infancias mil, apunta a sugerir la violencia del trauma infantil, clave entre otras del caótico comportamiento del adulto. Es un sabor a veneno, a muerte, el que el alimento cobra entonces para el niño relegado, separado de su hermano gemelo y de sus padres. (El trauma en cuestión, ligado inicialmente a la figura de la madre, resulta ser, dicho sea de paso, una deformante interpretación de la realidad, un malentendido.)

Alba consideraba a Axel como al hijo que nunca tendría. Animosa y discreta, era un haz de tierna energía al servicio del pequeño. Roxane se lo había confiado. Podía contar con ella.

Y ahora, a comer pescado. Frito, asado, hervido, alhorno. Todos los días. Con salsa o sin ella, con cebolla o con ajo, con chile o sin chile, con tomate o lo que fuera. A todas horas. Que éstas eran las instrucciones del médico. A luchar contra la decalcificación. ¡Adelante ! Para hacer más llevadero el martirio de Axel, las dos mujeres se pusieron también, parcialmente, a dieta de pescado, fingiendo disfrutar con ello. Axel pataleaba con todo el vigor de sus cuatro añitos, rechazaba la comida, volcaba deliberadamente el plato. Causaba no pocos estragos en el jardín donde pisoteaba rencoroso los cuadros de flores, desbarataba a puntapiés las hileras de hormigas rojas, o arrancaba las hojas de los arbustos que se encontraban a su altura. Más de un crotón o un hibisco, víctimas de sus vengativas incursiones, habían quedado flagelados con pedazos de rama seca que recogía del suelo. Quería regresar a su casa de Redoute, en donde hasta ahora todos sus caprichos habían obtenido satisfacción. Hasta tuvo en Grand-Rivière un inquietante acceso de sonambulismo que casi lo lleva a la verja del jardín. 9

Dicho trauma será suavizado en ocasiones, sin embargo, por breves reencuentros de los gemelos con ciertos sabores relacionados con una infancia o adolescencia signadas por la complicidad : un almuerzo o un copioso desayuno, por ejemplo, bastarán para despertar una efímera ilusión fusional :

Como solían hacerlo los dos hermanos desde que se encontraban reunidos en París, tomaron juntos el desayuno en la cocina, el lugar de la casa que ambos preferían. Sacaron los grandes tazones rústicos de loza y no pudieron evitar sonreírse. Tazones para tragaldabas, para vientres angurrientos, insaciables, como solía espetarles su padre cuando eran niños, al reprocharles atiborrarse tontamente de comida desde las primeras horas de la mañana, cuando lo conveniente era tener las ideas claras y el estómago ligero para comenzar la jornada. Predicaba moderación, moderación en todo, muchachos, como buen discípulo de Epicuro que pretendía ser. Verdad es que los ágapes mañaneros de Axel y Hugo tenían como frecuente resultadomandarlos de nuevo directamente a la cama, donde se tumbaban ahítos, procurando digerir el copioso desayuno.

Boas tragándose a su presa —comentó socarrón Hugo, remedando el tono reprobador del padre. ¿Te acuerdas, Axel, de cómo nos reíamos a sus espaldas ? No le hacíamos entonces al pobre papá el más mínimo caso10.

Pero el mundo de las sensaciones, generalmente rudo en La mano en el canal —un mundo de dolores punzantes, tensiones, pesadillas, incertidumbres—, no se cierra sobre sí mismo de modo complaciente. Esto quise evitar, por lo menos.

La boca también es el órgano del habla, y el verbo aparece en el texto como un posible recurso compensatorio. Si resultan repelentes ciertos alimentos terrestres, los alimentos espirituales que Alba pone a disposición del niño narrándole cuentos a modo de recompensa por su docilidad en el comer, irán creando en él una apetecencia llamada a prosperar. No por casualidad se encuentra en el primer capítulo de la novela una alusión a la dieta11 del Ilustre Hidalgo de la Mancha, consumidor de estas rústicas lentejas que justamente suele prepararle Alba a Axel, con escaso éxito. Por su leve sabor a polvo. Un sabor que, sin embargo, hasta terminará por serle agradable, deseable, por el mero hecho de remitir a uno de sus héroes literarios favoritos de la infancia. Son escasos, en efecto, en La mano en el canal­ —novela que relativiza las nociones de heroicidad y epopeya, revelando sus limitaciones y turbios recovecos—, los seres de carne y hueso capaces de suscitar una plena admiración y un deseo de identificación. Heroicidad, sufrimientos inhumanos, traición, deserción, locura y hasta manipulación política confunden sus aguas12. En la ficción es donde se buscan inconscientemente los eventuales modelos.

(Ahora, releyendo mi texto para realizar este trabajo analítico, me llama la atención la palabra « polvo » que usé sin pensarlo, en lugar de « tierra», que también hubiera convenido para calificar el áspero sabor de las lentejas.)

Incluso el incómodo regusto de androginia dejado por Séraphîtus-Séraphîta, la farragosa novela de Balzac, terminará por cumplir una función de auxiliar, de tardío detonante quizás, en la trayectoria vital de Axel. El sabor áspero de esta metafísica novela, de lectura interrumpida y curiosamente retomada por el protagonista, estimulará inconscientemente su imaginación, lo obligará a repensar de modo desprejuiciado su lugar en el mundo, a asumirse con mayor autenticidad, más allá de los clásicos encasillamientos de género. Para bien o para mal, los sabores de los alimentos reales enraízan inevitablemente al individuo en una limitada geografía. Lo atan a rituales alimenticios personales y nacionales, entrañables pero también repetitivos y reductores. En La mano en el canal, se trata para Axel de un ritual cargado de dolor, soledad y discontinuidad.

El sabor del verbo, en cambio, afirma su excelencia. A él le toca contribuir a la disolución de los determinismos y condicionamientos. A la liberación del sujeto, como Alba, hija de un humilde pescador de la costa oeste de Martinica, lo constatará personalmente al serle revelados ciertos aspectos hasta aquí insospechados de lo real :

 

Cosas pícaras, no te creas, también encontré en esa querida biblioteca. La mujer y el pelele. ¿Te suena esto, claro ? Pierre Louÿs… […] Parece mentira, pero ahí, en esa literatura que algunos tildan de decadente, fue precisamente donde descubrí que la mujer no tiene por qué ser siempre la víctima del hombre, que hasta lo puede dominar a su manera, valiéndose de artimañas y ardides y… de lo que tú sabes. Y qué ambiente más sensual… Un erotismo exquisito y trágico a la vez. Yo no tenía entonces ni idea de todo esto. Todo era casarse, copular y reproducirse. No hay como los libros para abrirle los ojos a una13.

La sensualidad, como puede apreciarse, no está limitada a la cocina, ni anida necesariamente en las papilas de la lengua y el paladar. La relación voluptuosa de Alba con los libros, su goce al contemplarlos, al tocarlos, no se nos puede escapar. Si suena a revancha social, también anticipa las ambigüedades de la temática erótica desarrollada en el texto :

Quería comprender el vasto mundo, que antes sólo veía a través del prisma de la necesidad, de la escasa ganancia que dejaba la pobre pesca de mi pescador de padre. De las redes rugosas y del papel de estraza pasé al papel cebolla de libros lujosamente encuadernados, cuyas páginas temía estropear al volverlas con mis grandes manos torpes ; también descubrí el papel glaseado de diccionarios, de atlas, de revistas, tan fresco y liso, que daba gusto acariciar14.

El mundo ficcional, signado de entrada en La mano en el canal por la transgresión15, resulta un factor de apertura, movilidad y continuidad fantasmática. Primero es la boca del que narra, en la infancia, la que despierta la imaginación con los sabrosos vocablos que hace tintinear a los oídos del oyente ; luego es la mirada, fuerza expansiva oscuramente ligada ella también a las derivas imaginarias, « energía impaciente », en palabras de Jean Starobinski16, la que a través de la lectura acentúa la inquietud imaginativa del adulto. Don Quijote, el loco generoso de anacrónicos gustos y firmes convicciones, Séraphîtus-Séraphîta, entidad doble, el mismo Gato con botas perdidamente devoto de su mísero amo, y hasta el novelista Balzac, luciendo su intrigante bastón de dandy de femenino refinamiento, todos ellos cuestionan con sus singularidades y excesos las limitaciones de un sistema fundado en el enraizamiento, en saberes mansamente transmitidos. Del anclaje regresivo en la tradición, de la identificación tajantemente definitoria, del estatismo, del esencialismo, se distancian prudentemente los protagonistas de La mano en el canal.

Así, más que la cálida y erótica cavidad de la boca, que ocupa un espacio limitado en mis textos (en El cuaderno granate está presente un vino de oporto de voluptuoso sabor, fugaz sustituto del amor conyugal17), es la boca-verbo la que se halla valorizada. Es ella la que propicia, fuerte con el apoyo del ojo lector, una más justa y equilibrada aprehensión del sentido mismo de la vida, insuflando el coraje del cuestionamiento, el afán de aventuras, la energía de la reconstrucción propia. El amor a la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Maurice Bardèche, Balzac, romancier. La formation de l’art du roman chez Balzac jusqu’à la publication du Père Goriot (1820-1835).

2 Mabel Moraña, El lenguaje de las emociones. Afecto y cultura en América Latina. Editorial Iberoamericana Vervuert, 2012.

3 Amadís de Gaula, Tomo II, Biblioteca básica de literatura española, Editora del Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965.

4 La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, Librairie Hatier, Paris, 1956, Tractado primero, página 23.

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5 Véanse las odas de Neruda a la alcachofa, el caldillo de congrio, la cebolla, el tomate, el vino, el aceite, la papa, verdaderos blasones modernos.

6 Véase, por ejemplo, « El Chuico y la Damajuana », de Nicanor Parra (sacado de La cueca larga, 1958). Ahí va un breve fragmento de los jocosos esponsales de los dos recipientes.

 

 

El Chuico y la Damajuana
Después de muchos percances
Para acabar con los chismes
Deciden matrimoniarse.

Subieron a una carreta,
Tirada por bueyes verdes
Uno se llamaba ¡Chicha!
Y el compañero ¡Aguardiente!

Como era pleno invierno (1)
Y había llovido tanto
Tuvieron que atravesar
Un río de vino blanco. (2)

Tan bien se sentía el Chuico
Juntito a su Damajuana
Que el sauce llorón reía
Y el cactus acariciaba).

(…)

7 Maryse Renaud, En abril, infancias mil, « La viña endiablada », Ediciones Corregidor, 2007, Argentina, página 39.

8  Maryse Renaud, La mano en el canal, Ediciones Corregidor, 2012, Argentina.

9 Maryse Renaud, op. cit., 12. « Alba y la biblioteca », páginas 70-71.

10 Maryse Renaud, op. cit., 20. « Las dos cartas », página 113.

11 Véase el capítulo primero de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha : « Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda » (Edición Aguilar, Madrid, 1963).

12 Véase, al respecto, el capitulo 26, « El disidente ».

13 Maryse Renaud, op. cit., 21. « La autodidacta », página 123.

 

 

 

14 Maryse Renaud, op. cit., página 122.

15 El toque transgresivo se asoma incluso en detalles aparentemente nimios, como el extravagante almuerzo ofrecido por Roxane a los gemelos : sardinas enlatadas con chocolate caliente.

16 Jean Starobinski, L’œil vivant, Gallimard, 1961, página 14. (Traducido al español: El ojo vivo, Valladolid, Cuatro Ediciones, 2002.)

 

17 Maryse Renaud, El cuaderno granate, Ediciones Corregidor, 2009, 32. « Plaza de la Bastille » : «  ¿Qué había ganado ella con tanta sumisión, con haber aplicado las recetas ancestrales ? Encargó una transgresiva copa de oporto, sin aceitunas. ¡A las cinco de la tarde, tomando licor sola en un bar popular muy en la onda del momento ! Mientras la iba paladeando con fruición, procedió a hacer un balance de su vida » , página 128.

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