“EL PADRE BUENAVENTURA SUÁREZ, S. I., Y SU APORTE AL DESARROLLO INICIAL DE LA CIENCIA ASTRONÓMICA PARAGUAYA”, Julio Rafael CONTRERAS ROQUÉ

EL PADRE BUENAVENTURA SUÁREZ, S. I., Y SU APORTE AL DESARROLLO INICIAL DE LA CIENCIA ASTRONÓMICA PARAGUAYA

Julio Rafael CONTRERAS ROQUÉ

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Instituto IBIS, Universidad Nacional de Pilar, Ñeembucú, Paraguay

El desarrollo de la ciencia, particularmente de las exactas y naturales en el Nuevo Mundo se concentró en las ciudades con mayor organización política y que contaron desde poco después de la conquista con universidades, como el Perú y México. Los demás asentamientos de contribuciones de valía se distribuyeron en forma más aleatoria y dispersa y llegaron a abarcar, como en el caso que nos ocupa a la distante y aislada zona misionera del Paraguay colonial.

Entre las ciencias exactas se contó la Cosmografía, que originada a partir de la obra de ese título de Claudio Ptolomeo en el siglo II de nuestra Era, se entendía en el sentido de su tiempo, esencialmente postrenacentista en su inicio, como un campo particular de convergencia de las matemáticas prácticas con la astronomía, la geofísica e incluso, con la geografía física. Fue un área del conocimiento de particular relevancia en el desarrollo de la navegación, en la orientación geográfica terrestre y marina, y en la predicción de los acontecimientos astronómicos y también en los fundamentos y avances de la cartografía. Por eso recibió especial atención de los reyes y príncipes, creándose tempranamente cargos como el de Cosmógrafo Real y Cosmógrafo Mayor en el Portugal de Enrique el Navegante [siglo XIV] y en las coronas ibéricas de Aragón y de Castilla. Ya unificada España se desarrolló una verdadera escuela de Cosmografía en Sevilla. Centrado el interés en este aspecto del conocimiento, el mismo ejerció un enorme arrastre en el fundamental de las matemáticas y de la astronomía.

El Virreinato del Perú, del que dependió el Paraguay hasta 1776 creó el cargo de Cosmógrafo Mayor Eduardo Dargent Chamot (2009), dice: “En 1630 se establece el cosmografiato en el Parù, nombrándose primero en el cargo a Francisco de Quiroz. Sabemos que este primer cosmógrafo del Perú publicó un Tratado de navegación con tablas de declinación del sol. De Quiroz y de su sucesor Diego de León es muy poco lo que se sabe al punto que muchos han pensado que el cosmografiato recién se inició con Francisco Ruíz Lozano, quien en realidad sucedió a Diego de León en 1662. Los quince años que duró la dirección de Ruíz Lozano son los que en verdad inician los estudios científicos modernos en el país. Entre la obra de este cosmógrafo se encuentra un Derrotero general de la Mar del Sur, que contenía tablas de declinación del sol y de las estrellas de primera magnitud, publicó Lunarios con importante información astronómica dirigida especialmente a los navegantes, pero tal vez su obra cumbre en el tema que nos ocupa fue el Tratado de Cometas, observación y juicio del que se vio en esta Ciudad de los Reyes, y generalmente en todo el mundo, por los finales del año1664 y principios de 1665. Fue publicado en Lima en 1665 y tiene el mérito de ser el primer trabajo astronómico salido de una imprenta de la América Meridional. A la muerte de Ruíz Lozano, lo sucedió en el cargo [que ahora era] de Cosmógrafo Mayor del Reino el flamenco Juan Ramón Coninck, natural de Malinas y primer profesor de la Cátedra de Matemáticas de la Universidad de San Marcos en Lima… (…)…. Al hacerse cargo Coninck del cosmografiato, comenzó a publicar una serie de Anuarios, que continuó hasta su fallecimiento”… producido en 1709, fue sucedido por el limeño Pedro de Peralta y Barnuevo [1663-1743] quien lo desempeñaría hasta sus últimos días.

Peralta y Barnuevo publicó sus Observaciones Astronómicas en 1717, e inició y sostuvo entre los años 1711 y 1743 un nuevo anuario El Conocimiento de los Tiempos, que años después proseguiría el médico y polígrafo aragonés Cosme Bueno [1711-1798], pero entre ambas personalidades, el cargo de Cosmógrafo Mayor del Reino fue desempeñado desde 1744 hasta 1749 por el francés Louis Godin [1704-1760], quien fuera miembro de la expedición de La Condamine y Bourger (Adrien Favre, 1938), desde ese año hasta 1760 por el jesuita Juan Reher [1691-1756], nativo de Praga.

Adicionalmente no podemos olvidar la permanencia en en el Río de la Plata y después en Chile y el Perú entre 1707-1713, del sacerdote Louis Feuillée [1660-1732] de la congregación de los mínimos de San Francisco de Paula, que era físico, matemático y naturalista (Chardon, 1945; Rípodas Ardanaz, 2002), que pudo hacer ejercido un influjo directo cuando Buenaventura Suárez [1679-1750] ya era egresado de la Universidad de Córdoba, en la que estudió entre 1696 y 1706 y había pasado este último año a las Misiones del Paraguay, en las que prontamente comenzó a realizar observaciones y mediciones astronómicas, que según varios de sus biógrafos trascendieron pronto en el resto del continente y en Europa.

Vemos así cómo en la capital virreinal se daban los nexos e incentivos como para que se desarrollara localmente la ciencia cosmográfica y cualquiera de sus allegadas, en especial la astronomía. Además la relación directa de la Compañía de Jesús con este tipo de investigaciones a través del padre Reher, espacialmente en los años más activos de la carera científica de Buenaventura Suárez, desarrollados entre 1706 y 1750.

De parte de la Corona y también con directo interés en la Compañía de Jesús por sus densos vínculos en ultramar, existía una especial atención a ese tipo de estudios, puesto que no podemos dejar de lado en esta síntesis el problema de las longitudes geográficas, que a nivel universal aún no estaba resuelto cuando se incorporó a sus tareas misionales en el Paraguay Buenaventura Suárez en cercana coincidencia con la llegada de Cosme Bueno al Perú en 1730, y que recién se pudo manejar con cierta precisión pasada la primera mitad del siglo XVIII, en la medida en que los navegantes fueron dotados no sólo de los fundamentos teóricos físicos y astronómicos para determinarla, sino también del instrumental adecuado para las determinaciones pertinentes, especialmente de telescopios para las observaciones estelares y de relojes de precisión capaces de soportar las agitaciones de los navíos. Asociadas ambas dotaciones instrumentales se daba la única forma posible de coordinar y complementar las observaciones astronómicas en puntos geográficos dados, integrándolas sobre el substrato planetario.

No faltaba en América, en Lima, posiblemente en forma parcial en Córdoba y en Bogotá, y en las misiones jesuíticas mayores, la literatura científica precursora que ya comenzaba a estar, aunque incompleta y dificultosamente, a disposición de los estudiosos, como el que autores coloniales peruanos denominan el Diario de los Sabios, del año 1680: Se trata del nombre traducido del primer periódico científico, publicado en París desde el 5 de enero de 1665, denominado Journal des Sçavans. Téngase en cuenta que el sentido de la época de las calificación de Sçavans (hoy un término francés arcaico, reemplazado por Savants, que es más específicamente referido a científicos) se refería a “eruditos”.

Esta referencia denota el refinado relacionamiento limeño con los progresos europeos del saber de los universitarios y cosmógrafos de Lima, algo imposible en Buenos Aires o en la Asunción de aquellos años, aunque mientras estuvieron los jesuitas y como ya lo adelantamos, es muy probable que se recibieran en el área misionera publicaciones de esta naturaleza, incluyendo los célebres Journaux de Trévoux (publicados en Francia con participación jesuítica) implicó una participación más que superficial en las nuevas ideas. Es posible que contribuyera fuertemente a esta actitud la llegada de La Condamine y de algunos de sus compañeros al Perú que, seguramente, habrán sido buenos interlocutores acerca de estos temas.

Recuérdese que los primeros artículos científicos del área rioplatense se enviaron desde San Cosme y Damián en el Paraguay: fueron un par de breves escritos astronómicos del padre Buenaventura Suárez, S. I. (Asúa, 2004, 2005; Asúa y Hurtado de Mendoza, 2004), que aparecieron en las Transactions of the Royal Society, de Londres, en los años 1747 y 1748.

En la correspondencia del ilustrado viajero José Perfecto de Salas [1714-1799], con nutrida actuación en Lima, intercambiada con José Antonio de Rojas [1732-1816], ilustrado, patriota y bibliófilo chileno, se menciona la existencia de colecciones prácticamente completas del Journal des Sçavans en Lima y en Santiago de Chile, además de una serie de publicaciones científicas de igual calidad y mérito (Ricardo Donoso, 1963, cap. XIV, pp. 377, passim). Ignoramos hasta qué punto la Orden jesuítica facilitaba el flujo interno de esa información, pero el hecho de la gran coherencia en los aportes cosmográficos, médicos, naturalistas y científicos en general de la Orden, que se suceden casi inmediatamente a las instalación efectiva de la misma en la provincia del Paraguay, en 1607, como surge de los aportes históricos de Guillermo Furlong (1919, 1945, 1947a,b, 1948, 1969), habla a favor de una acción activa de estímulo y apoyo, que es la que habría permitido, ni bien el joven sacerdote Buenaventura Suárez demostró estar capacitado por su dominio de las matemáticas y del saber cosmográfico moderno necesario para ello, que se le autorizara y se lo dotara de elementos para construir, a partir de 1706, su observatorio astronómico, siguiendo el modelo del primero instalado en América del Sur, en Recife, por el naturalista y astrónomo germano Georg Marcgrave o Marcgravius [1610-1648], en 1639.

Gracias al mismo publicó Marcgrave una de las primeras obras introductorias astronómicas americanas, su Progymnastica Mathematica Americanae, pero su telescopio era directamente europeo y de alta calidad para su tiempo, mientras el que instaló en San Cosme y Damián el padre Buenaventura Suárez estaba construido artesanalmente con elementos locales. Lo hizo con apoyo de los catecúmenos indígenas y llegó a construir más de un aparato que iban desde los 2,20 hasta los 4,60 metros de longitud (Kriegler y Villegas V., 2009). Dijo al respecto Juan María Gutiérrez (1868) de su labor: “Vióse en la necesidad de construir los instrumentos de observación con sus propias manos, empleando las maderas tersas y consistentes de los bosques vírgenes, en aquellas piezas que requerían bronce o platina para recibir las delicadas graduaciones con que se miden las distancias entre los astros y se señalan sus pasos por el meridiano”. Los lentes estaban tallados en cristal de roca (cuarzo, material duro y muy difícil de pulir) seguramente traídos de áreas del noreste de la actual provincia argentina de Misiones.

Además (Lértora Mendoza, 1993, 1994, 2000; Telesca, 2011) dan cuenta para los años formativos del joven sacerdote santafesino de la activa introducción y manejo de las teorías en boga del siglo XVI, mientras que a lo largo de su vida fue paulatinamente impregnándose de las más modernas, que se instalaban con sensible retraso en el área americana y rioplatense. Suárez, llevado por su vocación misional, no dejó nunca de lado su interés por las ciencias, en particular las matemáticas (Furlong, 1969: 426). Este último nos dice: “Nacido en 1679, Suárez sólo pudo conocer en las postrimerías de su larga y bien aprovechada vida la creación del método de las coordenadas, cuyo hallazgo correspondió a Descartes [1596-1650], y la creación del cálculo infinitesimal, cuyo descubrimiento debióse a Newton y Leibniz, pero es indudable, y basta hojear sus escritos éditos e inéditos para comprobar que si no conoció los ricos filones de la moderna ciencia de las matemáticas, le ran bien conocidos y supo él explorar, con genio, los viejos y gloriosos filones tan bellamente y y tan sabiamente aprovechados por John Nepper [1550-1617], por Henry Briggs [1561-1630], por Johannes Keppler[1571-1630] y por Galileo Galilei [1564-1642].”

En la Provincia del Paraguay Suárez fue desde su inicio como misionero destinado a la misión de San Cosme y Damián, situada cerca de la actual ciudad de Encarnación. Era relativamente pequeña pues en 1767, al ser expulsados los jesuitas por decisión real de Carlos III contaba sólo con 260 indígenas reducidos. En ella llevó a cabo Suárez intensas actividades médicas, además de avanzar continuamente en su trabajos científicos.

Félix de Azara (1904: 95, 96), que en su viaje a las Misiones efectuado en 1786, cuando estaban ya prácticamente abandonadas a su suerte las pertenencias de la antigua reducción, pudo ver “…donde estaba el pueblo de San Cosme cuyos vestigios se conocen, y hay un ranchito. Aquí es donde el mencionado P. Diego Suárez (sic) hizo sus observaciones y compuso su Lunario para cien años, haciendo pasar el primer meridiano por este lugar…” y además, “…hallé un cuarto de círculo astronómico de 14 pulgadas de radio hecho de madera y fabricado por el P. Diego (sic) Suárez…”, del que critica su relativa inexactitud en relación con el instrumental europeo de avanzada que llevaba el naturalista aragonés. Véase al respecto Contreras Roqué (2011: ).

En la que fuera la plaza mayor de la antigua misión se ha hallado un notable reloj de sol tallado en la piedra de una columnata trunca, con líneas horarias incisas y un indicador vertical de forma triangular. Es un bello artefacto que habla aún hoy de los afanes de conocimiento y de la habilidad instrumental del P. Buenaventura Suárez, seguramente ayudado en la ejecución por indígenas entrenados. La propia evolución del tamaño de las lentes indica el perfeccionamiento tecnológico que iba logrando, puesto que los últimos telescopios alcanzaron a usar algunas que, superando a las primeras de 13 a 16 pulgadas de diámetro, llegaron a las 18, 20 y 23 pulgadas.

Gracias a ese instrumental llegó a elaborar trabajos acerca de Marte e hizo el seguimiento de la trayectoria anual de Venus. Describió la superficie lunar y realizó mapas celestes de bastante precisión. Pudo también estudiar los anillos de Saturno, que había descubierto en 1655 el físico y astrónomo Christiaan Huygens [1629-1695] en Holanda. Otra tarea meticulosa que desarrolló Suárez durante cerca de trece años, fue la observación de los satélites de Júpiter. Publicó Tablas astronómicas, mapas del cielo y datos calendarios de alto valor en su disciplina y apenas realizados en latitudes australes como la del Paraguay. Pero, su obra más publicada y difundida es el Lunario, sobre el que volveremos más adelante.

Como síntesis de la labor científica de Buenaventura Suárez podemos enunciar principalmente sus trabajos acerca del pasaje del planeta Venus por el disco del sol, un acontecimiento astronómico conocido como el “transito de Venus” por delante del sol., que tiene lugar cuando se encuentran alienados los planetas Tierra y Venus con el disco solar al que el segundo de estos planetas perfila su silueta sobre el disco solar inflamado, de modo que sólo puede ser percibido mediante instrumental que atenúe el brillo solar. Es perceptible sólo en los meses de junio y diciembre, en la cercanía de los solsticios. Se trata de un fenómeno poco frecuente, con cuatro tránsitos a lo largo de 243 años, agrupados de a pares distanciados los pasos de cada uno entre sí ocho años. Las observaciones de Suárez databan de junio de 1716 y seguramente el jesuita tuvo en sus manos una copia del trabajo en el que Edmund Halley, en Inglaterra, predijo que el siguiente tránsito se daría en diciembre de 1761.

Como fenómeno astronómico fijo y predecible –aunque con ciertas variaciones por la atracción gravitacional terrestre sobre la órbita de Venus– se consideraba de gran valor en cuanto a su observación confirmatoria desde distintos ángulos de paralaje, para la confirmación y predicción de otros fenómenos celestes. El valor de los trabajos de Suárez (Asúa, 2004, 2008) es doble: el científico en sí, que incorporó la observación a una red de datos para la cual hasta se enviaron expediciones científicas europeas a zonas alejadas. Pero, desde una perspectiva de la historia de la ciencia significa algo alentador para impulsar el desarrollo de la conciencia científica paraguaya, hoy en trance de activación, puesto que los primeros trabajos científicos de toda el área rioplatense que se publicaron en una revista internacional de alta valía como las Transactions of the Royal Society de Londres. Fueron dos, ambos sobre el mencionado fenómeno del tránsito de Venus, realizados en el Paraguay y por parte de un nativo del virreinato del Río de la Plata.

En cuanto al Lunario de un siglo, ésta obra es el fruto de una enorme labor de años, de cálculo y meditación, que suministra información a la que describe someramente el propio título de la obra como lo damos a conocer en la bibliografía de esta contribución. CFomo dice Furlon (1969: 427), pocos libros científicos rioplatenses “…entre 1536 y 1968 han tenido un éxito tan lisonjero”. Más allá de la exageración y parcialidad, pues ignora a Ameghino, a De Robertis y a Houssay, entre muchos otros, se trata de algo notable.

El libro, destinado a ser útil a los americanos durante un siglo tuvo más éxito en Europa, donde mereció varias ediciones. Además llevaba incluida una sección con correcciones geográficas para los madrileños que usaran la obra. Predijo eclipses y otros acontecimientos celestes y se atuvo a equivalencias de latitud y de hemisferio, haciendo una tabla de diferencias de tiempo en tan variadas localizaciones como Amsterdam, Asunción, Berlín, Cabo de Buena Esperanza, Córdoba del Tucumán, Edinburgo, Gante, La Habana, Cantón, Lima, Londres, Martinica, México, Pekín, Roma, Siam, Stockholm, Varsovia y otras ciudades.

Sigue Buenaventura Suárez a través del siglo que define en el título de la obra, las fases de la luna y los eclipses, con sus variantes horarias a través del espacio y lo hace con notable precisión. Furlong (op. cit.: 429) menciona las opiniones del sabio astrónomo jesuita del siglo XX, José Ubach, quien refuerza la creencia –que compartimos plenamente– de que se trata de una obra desmesurada, gigantesca, terriblemente difícil de componer y de imaginar siquiera en todas sus dimensiones. Revela en el autor facultades particularísimas que, quién sabe qué hubieran brindado en un medio más dotado y competitivo. Tengamos en cuenta que careció de libros y elementos de apoyo, en especial de las publicaciones de colegas y predecesores, harto difíciles de reunir en América y que ni siquiera en la actualidad se hallan en repositorios sudamericanos.

La de Buenaventura Suárez, un verdadero apóstol misionero, dedicado al bien físico y espiritual de los indígenas reducidos, pues tenía habilidades y conocimientos médicos y le tocó afrontar epidemias graves, es una obra apenas parangonada en tierras del antiguo virreinato y corresponde a ese fructífero y apasionado siglo XVIII que cuenta, refiriéndonos localmente al Paraguay, con los también gigantescos esfuerzos de Félix de Azara, Florián Paucke, Joseph Sánchez Labrador, Martín Dobrizhoffer, y hasta de otros más lejanos en su sede pero igualmente volcados sobre el país como los de Charlevoix y de Cosme Bueno. Todos ellos requieren más conocimiento y comprensión y puede ser una buena tarea generacional su revaloración y rescate. El haberlos olvidado es también parte de un lamentable descuido de los años que nos separan del promisorio novecientismo paraguayo y que desembocan en la crisis acontecida en buena parte del siglo XX y agravada en lo que va de éste.

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CHARDON, Carlos E. 1949. Los naturalistas en la América Latina. Tomo I. Los siglos XVI, XVII, XVIII. Alejandro Humboldt, Carlos Darwin, La Española, Cuba y Puerto Rico. Editorial del Caribe, Santo Domingo, pp. 1-336 + láminas I-XXVII.

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TELESCA. Ignacio. 2011. La Astronomía en las Misiones Jesuíticas. Buenaventura Suárez, S. J. Un poeta de la ciencia. Asociación de Aficionados a la Astronomía- Planetario Buenaventura Suárez, en Internet: http://www.astropar.org/hml/astronomiajesuitas.hatmul

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