“Memorias de un muerto, el viaje sin retorno de Amado Bonpland”, por Eric Courthès, postfacio de Julio Rafael Contreras Roqué

POSTFACIO

 

¡Vaya tarea difícil
la que puede tocar a quien se proponga escribir un postfacio que
seguramente y en razón de esa calificación ni siquiera aparece en el Diccionario
de la Lengua
! Terminada una lectura, saciados ya en nuestras expectativas o
anhelantes de que no acabara por el placer que de ella deriva, solemos
permanecer en silencio reflexivo, interiorizando vivencias, pensamientos,
incorporando caudales de vida extrabiológica de las que no dispuso como
potencialidad, primate alguno que no fuera el ser humano letrado, en ese
pequeño espacio inmenso de tres milenios o poco más, en la historia
megamillonaria en años de la vida terrestre. Un buen libro es un suplemento
vital  inesperado y –a veces– hasta inmerecido que nos depara el destino
al tomar contacto –a un contacto íntimo y real nos referimos– con su texto. Y a
ese buen libro nos lo puso en las manos Eric, a quien bien podemos definir como
él lo hace con el inolvidable Howard P. Lovecraft: “Maître s’il en est
des prosopopées
”. Es así, pues sus Memoires d’un mort”,
abarcan muchos campos: biográfico, historiográfico, novelístico, pero se
consolidan definitivamente en el de la prosopopeya, en una convocatoria de
sombras y realidades, de espectros y fantasmas de los que fueron y no fueron,
en el ámbito de un ayer al que el talento de Eric transforma en un ahora
apasionante.

Por una especie de
ley de atracción de los opuestos que contribuye a desencadenar
aquellas  afinidades electivas de Goethe, ni bien nos conocimos con
Eric trabamos un intenso nexo amistoso. No sólo amistad: participación en un
mismo mundo de intereses. Él es especialista en literatura, creador de
ficciones, virtuoso manejador de la palabra; nosotros venimos del campo de la
biología y de la historia de la ciencia, encerrados por el rigor metodológico
de las ciencias de la vida y por la fidelidad documental que exige la
historiografía. El primer nexo compartido fue el interés por Aimé Bonpland,
cada uno parado en su campo y con su óptica, pero ambos volcados sobre un mismo
objeto epistémico: el rochelés que devino sudamericano –más precisamente–
habitante ideal de la gran patria guaranítica rioplatense, desde el Uruguay
hasta el Pantanal, ese tema del que no se habla porque revuelve hondas
frustraciones y antagoniza con nacionalismos y hegemonías peligrosos, de la que
Bonpland fue agente activo en los intentos de construirla desde el centro
libertador de Corrientes, luchando contra la más cruel tiranía que azotara al
Río de la Plata.

Recorrimos con
emocionado afecto y curiosidad cada página de la obra de Eric y, poco a poco,
nos despojamos del realismo para entrar en esa densa trama de su estilo de
narrador-compilador-apuntador de notas de rica precisión o con novedoso
detalle. Además es un hábil introductor en el escenario de personajes con
contornos de ficción, los cuales, aunque no fueran portadores de realidad
histórica, eso sí, están dotados de la entidad necesaria para el relato de ese
Bonpland resucitado, que se expresa a veces como narrador preciso, otras con
sentencias breves, creando pausas casi oníricas en el texto.

Un postfacio debe ser
necesariamente breve, más todavía cuando sigue a un buen libro, por eso sólo
queremos dar paso a una nueva convocatoria de sombras como la que hace Eric en
su obra. Pero ésta ya es doblemente póstuma. ¿Dónde? ¿En el Père La Chaise de
París? ¿En el Cementerio de la Rochelle, a la que nunca retornó?¿En las
Recoletas de Asunción y de Buenos Aires? Es decir, en las patrias que tanto
amó, o mejor aún, en el humilde y olvidado túmulo-monumento cercano a Paso de
Los Libres, al que restauraron el empeño de la gran botánica tucumana Alicia
Lourteig y la vocación del joven artista libreño, Jorge Sánchez, otros
enamorados bonplandianos.

Responden a nuestra
convocatoria multitud de sombras, las de seres reales y las hijas de la
ficción. Hay muchas mujeres, asociadas a ese hombre solitario, reconcentrado en
sí mismo, dromomaníaco y sumido siempre en cautelosos manejos conspirativos.
Están también todas las demás sombras: las hogareñas, las juveniles, las presas
del imborrable espanto del Terror, está el joven Bichat –su condiscípulo– caído
en el más allá tan temprana como tardíamente lo hizo Bonpland. Todos en
estratos, apareciendo sucesivamente como en la imagen de los palimpsestos de De
Quincey: los personajes de la América equinoccial del primer viaje y los del
hirviente y conspirativo Londres de 1815-1817, con la pausa de la Malmaison de
por medio, y después las de la radicación definitiva en las tierras
solsticiales del sur americano. Primero avanzan las mujeres, tantas en la vida
de ese hombre de intenso trato con todos los estratos de la sociedad, pleno su
sendero de amours éphémères. Están las imperiales –Josefina y su
hija y las del séquito cortesano– Amelia que fue su esposa, la de Emma su
hijastra, luego las reales y las legendarias: Mariana Perichón, Rafaela Enciso,
María Chiviré –la india guaraní, al igual que Regina Payá, perdidas en el
Paraguay, si es que fueron reales– Victoriana Cristaldo, Carmencita Bonpland,
Elisa Lynch; más todas las anónimas, amantes, amigas, pacientes, parturientas
por las que hacía, siendo ya septuagenario seis o siete leguas a caballo para
atenderlas como médico. Tras ellas multitud de hombres, indios, aristócratas,
funcionarios, soldados, marineros, Rivadavia, Pazos Kanki, Blanco White, Andrés
Bello, De Angelis, Sarratea, el general Paz, Carlos Antonio López, Rivera, Avé
Lallement (su último visitante), el padre Gay, Arsène Isabelle… y tras ellos
Alejandro de Humboldt, casi su mitad vital y espiritual… Todos ellos se asoman
o pretenden hacerlo por la ventana inesperada que abrió Eric, son demasiado y
la negrura emana ráfagas que los arrastran, dispersan, los aventan y los
devoran hasta que un nuevo conquistador de espacios se atreva y sea capaz de
convocarlos nuevamente desde el misterio insondable. ¿Pasarán años o siglos
para ello? No podemos responder. Pero, en tanto nos quedan en las manos y ante
los ojos estas Memorias inolvidables que debemos agradecer a
Eric.

Julio Rafael
Contreras Roqué


Acerca de eroxacourthes

French traveller, writer and translator, foolish of Latin Amarica!!!
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