“La isla del mate”, “Memorias de un muerto, el viaje sin vuelta de Amado Bonpland”, Eric Courthès

 

LA ISLA DEL MATE[1]

 

“Así hasta que se vio que todas las islitas estaban queriendo formar una sola. Quedó la islita grande y alrededor pura agua. Pura agua y después más nada. Más nada.” (Juan José Saer, El limonero real, Buenos Aires, Seix Barral,  p. 149)

 

 

El Saint-Víctor arriba por fin a Buenos Aires, el 18 de enero de 1817, al cabo de 55 días de navegación. En ese puerto sin muelle de los confines del mundo,  permanecemos un ratito en la entrada del estuario y unas balleneras vienen a buscarnos, para cargar nuestros muebles y libros y sobre todo mis colecciones de plantas, que tengo la intención de aclimatar acá. En cuanto tocamos con los pies la costa, como si fuera un signo del cielo, miríadas de mariposas blancas[2] van rodeándonos, mi hija Emma se divierte muchísimo con el fenómeno. Adelina, encaramada en el lomo de un changador[3], al desembarcar empapó su vestido en el agua sucia y perdió uno de sus escarpines en el lodo, de ahí que ya esté maldiciendo ese puerto sin malecón y eche mala cara a la gente del comité que nos está acogiendo. Ni siquiera está ahí un miembro del gobierno argentino, lo que le parece ser a mi esposa de muy mal agüero, procuro tranquilizarla pero no sirve para nada…

 

El Cónsul de Francia, Leloir, nos instala en una preciosa casa con patio trasero del barrio San Francisco. Adelina parece recobrar ánimo y la acondiciona con gusto, Emma alegra con sus juegos y risas el jardín. Muy pronto recibimos a los miembros de las familias criollas más ilustres y también a numerosos franceses[4], Adelina dio pronto con un piano y todas las noches nos tocaba algunas de sus sonatas preferidas. Emma y yo tocamos a cuatro manos, ya no parece tener sombra nuestra felicidad. A intervalos regulares se nos invita en los recibos de las grandes familias porteñas, en los cuales se come como reyes, donde se entera uno también de los grandes movimientos libertadores de este mundo, y sobre todo en los que se confabula entusiasmadamente contra Pueyrredón.

 

 En uno de estos ágapes políticos, me topo con los hermanos Robertson que despiertan mi curiosidad con sus relatos sobre el fascinante Paraguay y sobre todo me cruzo con el flamante General San Martin, cuya valerosa espada una noche roza mi paraguas en el zaguán. Vestido como un petimetre, con un frac azul, una blanca corbata y un chaleco amarillo, soy objeto de todas las miradas, y Adelina ve con muy malos ojos a todas esas mujeres que van gravitando alrededor mío. Soy el centro de interminables tertulias en las cuales la gente se extasía por mi viaje a las fuentes del Orinoco, sin embargo, en mis adentros, todas esas representaciones no me entusiasman y ya sueño con viajar de nuevo…

 

Durante el día, ando muy ocupado como siempre, compro la Quinta de los Sauces, en el barrio de San Telmo, un inmenso predio medio abandonado de la Comunidad de Bethlehem, con la intención de crear un jardín botánico y sobre todo de salvar parte de las 2 000 plantas diferentes que he traído de Europa[5]. Para mantener a nuestra familia, abro un consultorio y me dedico a la medicina. Muy pronto, ya no me queda un minuto libre, y las tertulias con Adelina y nuestros amigos me relajan sobremanera del ajetreo diario. Sin embargo, muy rápido, una sombra viene a enturbiar este ambiente idílico, Adelina, durante nuestras largas reuniones, no puede dominar más tiempo su odio por el gobierno argentino, lamenta el abandono financiero en que nos mantienen. Por la ausencia de Rivadavia, y habida cuenta de la agitación extrema en que se encuentra el país[6], el Director Supremo, Pueyrredón, no cumple con los compromisos del gobierno argentino, lo que me obliga a que invierta mi propia plata en la Quinta de los Sauces.Ni siquiera el título honorífico de « Profesor de Historia Natural de las Provincias Unidas », que me otorga en el mismo periodo el Ministro Tagle, cambia algo para mí, es más, me convoca en su despacho y aprovecha la ocasión para señalarme la actitud abusiva de Adelia. Recién al volver a casa, me veo en la obligación de llamarla al orden, acá todo se sabe y se calla y mientras no silencie sus quejas, (perfectamente justificadas por lo demás), no podremos contar con el amparo del Gobierno argentino, en nuestro litigio con la Compañía de Bethlehem[7].

 

Y entonces, en la misma época, desde el fondo del barrio de los Aguerridos, la voz de una conspiración contra el gobierno argentino se levanta. Entre los cinco conspiradores, dos asisten regularmente a nuestras tertulias, Robert Charles y Jean Lagresse. Se han juntado con el coronel Carrera en Montevideo, y su meta es derrocar a Pueyrredón. Muy pronto por la intervención del gobierno fracasa el complot de los franceses, y se me convoca en el gabinete del juez García de Cossio, el 12 de diciembre de 1818. Encontraron tres de mis cartas destinadas al director de la Academia de las  Ciencias de Brasil en el correo de uno de los conspiradores, nombrado Parchappe, y a muy duras penas pude demostrar que no tenía nada que ver con la conspiración. Una semana más tarde, expulsaron a Parchappe y a otros tres franceses, en cuanto a  nuestros amigos Lagresse y Charles, pese a la solicitud de indulto firmada por Leloir, Roguin y yo mismo, no sirve de nada, se los condena a muerte y se los ejecuta la semana siguiente.

 

En estos trances, decidí que no podía aguantar más la zozobra, la actitud de Adelina peligraba nuestras vidas, ya no me apetecía nada, ni mis pacientes, ni mi cátedra, (imaginaria en realidad), ni siquiera la explotación de mi quinta. Necesitaba libertad, cambiar de aire, y a comienzos de 1819, solicité y obtuve del Gobierno argentino el permiso de explorar el Delta del Tigre y herborizar en esa zona. Pues volvía a emprender el curso de mis tripulaciones, a observarlo todo, analizar, describir, la redacción de mis “Diarios de viajes por el Río de la Plata” duraría más de 30 años, me había vuelto de nuevo el Bonpland explorador y la riqueza del Delta era muy propicia para ello. En efecto, aquel delta precioso cuenta con una infinidad de ramificaciones, canales, islotes secretos y me imaginaba que había vuelto la época bendita de la exploración del Orinoco, con mi amigo Alejandro.

 

En el transcurso de unos de mis recorridos anteriores, en compañía de mi amigo el dibujante Pierre Benort[8], ya había descubierto en el fondo del Delta, a unas diez horas en balandra de Buenos Aires, un islote precioso nombrado Martín García. Le pedí permiso al comandante del fuerte para abordar pero me fue negado, por ser la isla un presidio donde se destinaban a todos los enemigos del régimen.

 

Por fin arribamos un lindo día de enero de 1819, me impresiona de antemano la riqueza de la flora y la fauna, sus costas están cubiertas de decenas de especies de lauráceas, sus numerosos y tupidos bosques están bordeados de mimosáceas. Cotorras variopintas alegran todos los árboles, fragancias múltiples brotan de los suelos aluviales, cubiertos de corimbos multicolores y de malváceas negras y violáceas, rodeadas de una corola anaranjada[9]. En Martín García, la hierba florece todo el año, todos los climas, todas las plantas y los animales del Paraná y del Río de la Plata confluyen ahí, creí descubrir un Paraíso. Pedro está tan entusiasta como yo, anda dibujando todo lo que encuentra, el Delfín ya se olvidó de sus orígenes. ¡Vamos recorriendo praderas y bosques tal como dos muchachos emocionadísimos!

 

Me habían contado que se encontraba en la isla una gran cantidad de plantas del Paraguay y de Corrientes, cuyas semillas de seguro fueron traídas por las corrientes del nordeste, o que los Jesuitas del Paraguay trajeron en la época de sus peregrinaciones por el Río de la Plata. De ahí mi esperanza un poco descabellada de encontrar en este sitio caá, la famosa yerba mate, llamada también “té de las Misiones”, la cual fue la mayor fuente de su prosperidad, dado que esta planta se toma en infusión, de forma casi general, desde el Virreinato del Perú hasta el Río de la Plata, y que dominaban totalmente su producción y mercado.

 

Permanecí tres semanas en aquella isla preciosa,  en compañía de mi ilustre amigo Benort, recorriendo todos los caminos y los campos, todos los días iba descubriendo plantas  más raras pero nada de yerba mate. Al cabo de una semana, conocí a un indio guaraní, al que unos misioneros habían traído y que se había vuelto isleño a pesar suyo. Se llamaba Tupaí y su hijo de 6 años, Jaraí, padecía una fiebre extraña, parecida a la malaria, que aliviaba con remedios caseros. Cuando se recuperó lo suficiente merced a mis decocciones de quina, le comuniqué el objeto de mis investigaciones.

 

Descubrir por fin la yerba mate, que sólo Azara y Bougainville hasta el momento habían podido tocar, pero mucho más en el norte desde luego. Tupaí conocía la mágica caá, y como cualquier indio guaraní no podía prescindir de ella. Pues me llevó a lo largo de senderos que yo ya había recorrido decenas de veces, y de repente, en la linde de un bosque de laureles negros, me hizo penetrar bajo los árboles por una picada, y al cabo de cinco minutos, nos encontramos en medio de una plantación natural, importante para esta región, decenas de arbolitos de mate, perfectamente disimulados en el corazón del monte.

 

Me puse loco de contento  y empecé a pegar saltos por todas partes, el indio salió corriendo, del susto hubo de ser. Me dejó solo con mis plantitas de mate. ¡Por fin podía justificar mi ausencia respecto a Emma y Adelina! ¡Claro que las extrañaba pero Buenos Aires se había vuelto tan asfixiante! De inmediato me puse a examinar atentamente sus preciosas hojitas, armado de una lupa, las observé bajo todos los ángulos. Tienen una forma casi ovoide, de un color verde oscuro en la parte expuesta al sol y casi blanquecino en la otra, nada que ver con las ramitas secas traídas por Bougainville al  Muséum[10].  En seguida clavé la uña de mi pulgar en una de ellas, e hice brotar la savia, verde y espesa, con la punta de la lengua probé el jugo y lo supe amarguísimo[11].

 

Pues me pasé los días siguientes observando la yerba mágica del Paraguay, Pierre la dibujó detalladamente, así como las plantas y el terreno que la rodeaba, analicé la naturaleza del terreno, descascarillé sus semillas que les encantaban tanto a los zorzales. En realidad fusioné totalmente con su entorno.

 

Al volver a Buenos Aires, procuré hacer germinar las semillas. Pero ya sea por culpa del clima, o por la tierra de la quinta, a pesar de su gran riqueza gracias al riachuelo que iba corriendo en el fondo del predio, no hubo manera de que brotara algo. Estaba al borde de la desesperación, en efecto mi porvenir en aquellas tierras australes, dependía rigurosamente del descubrimiento del secreto del mate.

 

Pues decidí volver a Martín García, Tupaí y Jaraí me acogieron con sumo júbilo en el muelle, nos fuimos directo al jardín secreto, y resolví acampar en el mismo sitio, hasta que pudiera descifrar por fin el enigma.

 

Por una linda tarde de verano, mientras los últimos rayos del sol poniente iban filtrando entre las ramas del bosque, un vuelo de estos zorzales, tan arraigados al parecer a este lugar, pasó volando encima de mi cabeza y uno de ellos depositó en pleno centro de mi cráneo sus excrementos. ¡Maldita ave! ¡Cómo el desvergonzado volátil podía dar tan seguro en el blanco! Entonces eché con el dorso de la mano la inmunda deyección, sin embargo pese a mi gran celeridad, se me quedaron unas gotitas del horrible líquido en la mano, y en el medio, algunas semillas de mate amarilleadas.

 

Pegué un salto al enterarme de que las semillas, roídas por los ácidos estomacales de estas aves tan raras, habían perdido las cutículas negras que las rodeaban, y me puse a imaginar que quizás así podrían germinar. La teoría resultó perfectamente exacta, al volver a la quinta otra vez, planté estas semillas, y unas semanas más tarde, aconteció el milagro. ¡Decenas de finos filamentos verdes surgieron de mis macetitas!

 

¡Había vuelto a descubrir, dos siglos después de los sabios jesuitas[12], el secreto del mate! ¡Lleno de entusiasmo y reconocimiento por mi eterno amigo Alejandro, lo nombraba Ilex humboldtiana! ¡Cómo me habría gustado que esté a mi lado en aquel momento! No obstante, por no tener zorzales en mi campo, me tocaba descubrir un procedimiento químico  para sacar las envolturas de las semillas, probé con todos los catalizadores posibles, los alcalinos más diversos y terminé descubriendo que remojarlas en una leche de potasio convendría perfecto.

 

Sin embargo, Adelia cada día se mostraba más reacia a mis experiencias y proyectos, ya no aguantaba verme todo el día con la ropa recubierta de índigo y potasio, (según ella era yo el hazmerreír de nuestros vecinos y amigos), privándome de sueño y vida de familia para lograr mis objetivos. Nuestra historia, a pesar de su corta duración, no parecía que iba  a durar mucho más tiempo. Al frisar en los cincuenta años, cansado de las mundanalidades y de las ciudades, sentía que la vida estaba en otros lares, que había nacido para explorador y que iba a serlo, y tal vez sería allá en el Norte, en las Misiones Occidentales, a lo largo del litoral del Paraná y del Uruguay. Entablé contactos con el caudillo local, Ramírez[13], y una vez más, solo con mi bolso de viaje, volví a salir, dejando mi quinta y mi nueva familia.

 

 En efecto, gracias a mi reciente cargo de Naturalista de las Provincias Unidas, (y después de haber vendido mis herbarios y mis dibujos de Martín García, a mis amigos los comerciantes franceses, Meyer y  Roguin[14]), pude financiar una expedición hacia Corrientes, en compañía de mis socios, con los cuales había resuelto probar la tentadora aventura del mate.

 

Emma estaba llorando, le prometí a Adelina volver cuanto antes, empero frente a la aventura, no se puede dominar nada.

 

Así iniciaba mi viaje sin retorno, duraría casi 40 años, iba a conocer las mayores dichas y las peores desdichas, envuelto en la vorágine bélica de las Provincias Unidas de la Plata, en los combates encarnizados post-independencia, ora mimado ora execrado por los caudillos locales, iba a pasar de la mayor libertad al confinamiento más horrible, para tocar el fondo de la desesperación diez años después de mi salida, rebasando por primera vez los límites de mi resistencia y experimentando la zozobra de la mayor impotencia.

 

Pese a todo procuraba en todas circunstancias dar pruebas de una inalterable sangre fría y en todas partes ejercía mi filantropía[15], lo que me valió por doquier, aun cuando me quitaron la libertad, el mayor reconocimiento.

 

Es lo que voy a contarles ahora, mediante este libro, al cual hice mío[16], Memorias de ultra tumba[17]. El Río de la Plata, el río sin plata[18] voy a remontar, luego iré flotando por el Paraná, la ciudad de las siete Corrientes de riberas risueñas me está esperando, y allende el lejano y atrayente Paraguay[19], el Paraíso del Mate, a bordo de la semaca La Bombardera, ya puedo embarcar, el primero de octubre de 1820[20].


[1] Autotraducción del cuarto capítulo de mi novela de Bonpland, « Mémoires d’un mort, le voyage sans retour d’Aimé Bonpland», Francia, La Rochela, Editions La Découvrance, en prensa, 2008. (Nota del compilador)

 

[2] Bien se puede pensar desde luego en las mariposas de « Cien años de soledad », o también en las de Darwin, cuando su exploración del Río de la Plata.( Nota  del compilador)

 

[3] ‘Portador, mozo de equipaje’, como bien lo recuerda  Juan José Saer en su inclasificable ensayo , «El río sin orillas», Buenos Aires, Seix Barral, 1991, pp. 125-126, el estero pierde en profundidad lo que gana en anchura; las naves de gran tonelaje debían fondear mar adentro,  a seis millas de la ciudad, luego se procedía al desembarque de los pasajeros y mercancías en canoas pero éstas no podían alcanzar la costa. Pues se las arrastraba por el lodo a fuerza de caballos, y a los pasajeros los cargaban changadores, los cuales según ciertos viajeros, no dejaban de insultarlos, chapoteando por el limo, magnífica acogida de los pasajeros para quien entendía el español. (Nota del Compilador)

 

[4] Buenos Aires, ciudad incipiente en aquel entonces, estaba poblada de aventureros de todas layas y naciones, en especial de supervivientes no muy recomendables de las campañas napoleónicas. ( Nota del compilador).

 

[5] Su increíble cargamento, su Arca de Noe vegetal,  contaba con (según el ineludible Philippe Foucault, “Le pêcheur d’orchidées », Paris, Seghers, Etonnants voyageurs, p.221), 500 pies de vid, de 150 especies diferentes, 40 variedades de limoneros y naranjos, 600 pies de sauces, de las tres variedades conocidas, e incluso semillas de algarrobo español, lo suficiente para modificar para siempre, y así lo fue, todos los jardines y las plantaciones de las Misiones Occidentales hasta el Delta del Paraná. Nunca el abuelo de Amado Bonpland habría podido imaginarse que el mote de “Buena Planta” que le dio a su hijo, (hecho patrónimo), se lo habría merecido tanto su nieto. ( Nota del compilador)

 

[6] La Guerra Civil entre Federalistas y Unitarios  causa estragos,  caudillos en todas partes se sublevan, en especial Ramírez en  la provincia de  Entre Ríos, aliado de Artigas en Uruguay;  el  Paraguay por su parte se queda aferrado a su terrible aislamiento, el cual se verá reforzado por la llegada al poder en 1814, del  Supremo Doctor Francia (Nota del compilador).

 

[7] « Refutando el derecho de patrónimo invocado por el Estado para imponerle la venta de la quinta a Bonpland, el Prefecto de los Betlemitas se niega a establecer las actas, y le entabla un proceso.”, véase “Le pêcheur d’orchidées”, ibid. p. 223. (Nota del compilador.)

[8] Este personaje habría sido el Delfín, o sea el hijo de Luis XVI  y María Antonieta, patrónimo ortografiado “Benoy” o también “ Benoît” en la obra de Luis Gasulla, “El solitario de Santa Ana”, Buenos Aires, Santiago Rueda Editor, p. 173. (Nota del compilador).

 

[9] Véase  «Le pêcheur d’orchidées », ibid. p. 229. (Nota del compildor)

 

[10] Véase  « Le pêcheur d’orchidées », ibid. p.230 . (Nota del compilador)

 

[11] Véase « El solitario de Santa Ana », ibid, p.178. (Nota del compilador)

[12] Éstos explotaron en las misiones, principalmente en Paraguay, la planta de forma intensiva y sacaron de ello grandes riquezas, y sobre todo una autonomía total. Reemplazaron los excrementos del zorzal por los del pavo, más generoso en esta materia. ( Nota del compilador)

 

[13] En este caso otra vez, nada mejor como citar a Philippe Foucault, ibid. pp. 234-235: «Nuevos disturbios asuelan la región de Entre-Rios. Después de la adopción de una constitución, instituyendo un régimen de representación proporcional, que favorece a Buenos Aires por ser más poblada, los aliados de Artigas, Ramírez y López han roto el armisticio y se han sublevado contra el Directorio. En Cepeda, Ramírez aplasta a las tropas gubernamentales, y esta derrota acarrea la caída de Pueyrredón.  Ramírez, al volverse el nuevo hombre fuerte del país, impone un tratado que pone un término a la dominación política y económica de Buenos Aires. Al lado de su firma y de la de López, aparece la de Manuel Sarratea. Federalista moderado, el amigo de Bonpland no ha dejado de sostener la « Liga de los pueblos libres », y se lo elige gobernador de Buenos Aires. Todas las esperanzas vuelven a aparecer en el clan Bonpland. » (Nota del compilador)

 

[14] « Amado Bonpland, una historia olvidada », Nemecio Carlos Espinoza, Santa Fe, Ediciones Colmegna, 1997, p. 109. (Nota del Compilador)

 

[15] Véase al respecto a Luis Gasulla, ibid. p. 243, « Era el único entre los tantos hombres que habían entrado en el país, codiciosos y vacíos de escrúpulos, a quien parecía interesarle más dar que recibir ; un hombre extraño,a veces dulce hasta el patetismo ; a veces algo ridículo en su afán de asimilar las inquietudes de los nativos pobres. » (Nota del compilador)

 

[16] Mi personaje, desde luego,  sobrepasa sus derechos, hay en él al mismo tiempo acentos cervantinos y unamunianos,  no obstante, no los repruebo del todo. (Nota del autor)

 

[17] Hay quienes verán en ello una mera coincidencia, o un anacronismo, pero la famosa obra de Chateaubriand fue publicada en 1844 y comenzó el libro en 1809. Nacido en 1768, cinco años antes que Bonpland, y muerto en 1848, diez años antes que él, a los 41 años, el modelo de los románticos ya planeaba revisitar su vida a partir de la muerte. Lo que nos va acercando a mi empresa, incluso si se trata de la existencia tumultuosa de otra persona, la de mi tan amado Bonpland,  y que por ende no se le puede negar su carácter apócrifo a mi escritura. (Nota del autor).  Además sus caminos casi se cruzaron en una ocasión, en 1826, Chateaubriand era entonces  Ministro de Relaciones Exteriores, y redactó a petición de  Madame Bonpland, una carta dirigida al Doctor Francia, exigiendo que lo liberase a su marido. (Nota del autor)

 

[18] Juan José Saer, en su notable ensayo sobre «el río sin orillas », ibídem, pp. 110-111, nos explica cómo se llega a aquella designación quimérica: ‘Río de la Plata’, (cuando se trata en realidad del estuario del Paraná y no de otro río), por derivaciones sucesivas: ‘el argentino río’ (que lleva a la plata del Perú, luego ‘las argentinas aguas’, y por último ‘el territorio argentino’. En realidad,  ‘ el Mar Dulce’, o ‘el río de Solís’, no significaron más que la muerte para él y don Pedro Mendoza, a  la cual encontraron ahí, en lugar de metales preciosos. (Nota del Compilador)

 

[19] Tampoco convendría excluir la hipótesis de que, así como el explorador Richard Grandsire, unos años más tarde, Bonpland hubiese soñado con encontrar un nuevo Casiquiare, un canal uniendo las cuencas del Amazonas y del Paraguay. Meta no completamente desprovista de sentido si uno se refiere a Eupana, la gigantesca mar interior que unía estas dos regiones hace sesenta millones de años. De hecho, si se observa con atención la red hidrográfica muy  densa de esta región, uno se da cuenta de que los afluentes principales del Amazonas confluyen hacia el sur y que los dos grandes ríos paraguayos, tienen su fuente mucho más al norte, en Brasil. Por último y se trata de un argumento no despreciable, estos ríos y sus afluentes sirvieron de vías de migraciones a los guaraníes, que procedían probablemente del actual Venezuela y del Caribe. Dionisio Torres, un historiador paraguayo hasta afirma que las actuales poblaciones guaraní de la Guyana Francesa, habrían navegado estas vías al revés, por estar asustados por la llegada de los españoles al Paraguay… (Nota del compilador).

 

[20] Según José Carmelo Bonpland, uno de los descendientes de Amado y autor de “Amado, el Buena Planta y sus retoños », Buenos Aires, Editorial Lectour, 2005, p. 31, (y también del inmenso mural de cerámica del Museo Bonpland, en  Corrientes, al cual elegí de ilustración de tapa), fue cuando Bonpland decidió “definitivamente ser un hijo de este Nuevo Continente, identificándose con esta tierra promisoria. » (Nota del compilador)

 

Acerca de eroxacourthes

French traveller, writer and translator, foolish of Latin Amarica!!!
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2 respuestas a “La isla del mate”, “Memorias de un muerto, el viaje sin vuelta de Amado Bonpland”, Eric Courthès

  1. i need ,if it is possible, the mail of Phillippe Foucault because i would like to talk with him about his book about Bonpland
    C¨est tres important
    merci
    Buenos Aires
    Argentine

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