“Sin publicar”, Carolina Orlando

Sin publicar

 

 

El pie izquierdo se zambulle en el charco del cordón: un pie empapado y una mujer que cruza hacia los números impares. Sacude el pie izquierdo y salpica la vereda que, hace un momento, estaba enfrente.

 

El frío escarcha las gotas y desaparecen. La respiración exhala humedad, y desaparece. Las baldosas grises se mojan en los vértices porque mi pie izquierdo les estampa sellos de agua, un arco que las adorna o un paréntesis que no cierro porque no encuentro una frase, una palabra, o letras. No hay nada escrito en esta vereda de la calle México. Traspaso el portón de marcos dorados.  El pie izquierdo sella la alfombra de los pasillos. Los espejos de las paredes me ven, y me copian. El ascensor se moja. El ascensor: me lleva al cielo.

 

-¿Qué te pasó, Irene? Tenés el pie empapado… / Que la vereda, mejor dicho, el cordón. Que el charco en el cordón. / Siempre hay charcos en el cordón cuando llueve tanto. Ponete las pantuflas. ¿Querés un té? / Sí. Viene bien un té. / Estuve mirando los papeles que tenés en el dormitorio. ¿Qué es eso de Prisma? / Una revista mural. Así dice. Mirá. Ésta fue la primera. Estaba en una de las paredes del edificio de la esquina. También supo haber en Callao y en Avenida Córdoba. Es un circuito, ¿entendés?  / Pero es siempre la misma. / Sí, Elena me contó que sólo una hicieron hasta ahora. Qué puede ser esta noche, que quizás mañana haya otra. Cómo quisiera verles las caras. / Tené cuidado por donde andás. Tu padre me mata si sabe que te paseás sola por ahí. / Sí, tía. No te preocupes.

 

Gracias. Que raras estás lluvias de marzo. / No, la lluvia no. El frío no es común. Qué mojado está el zapato. / Sí, nada más el izquierdo fue el que cayó en el charco. / Tenés que mirar para abajo también, tener el cuidado de ver dónde pisás. / Sí, es que estaba atenta a la pared. Esas son las hojas que escribí anoche. / Me pareció muy bueno lo que leí hasta ahora / Que suerte que te gusten. / Están muy bien escritas. Pero podría darte algunos consejos / Cuando quieras / Ahora / Los voy a encontrar / ¿A quienes? / A los autores. 

La narración debería ser más objetiva. / Me cuesta mucho ser objetiva, es que mi sujeto no me deja. / Pero hay que seguir practicando para dominar al sujeto. / Suena fácil, prefiero que me enseñes inglés. Me voy a acostar. / Llevate este libro. Leyendo es el mejor modo de aprender inglés. / Pero el libro no habla, tía. / Después, eso te lo enseño después.

 

Irene esperó la noche. Sale del cuarto en puntas de pie. No hace ruidos al abrir la puerta. Baja las escaleras. Cruza la calle. Resignada a sentirse presa de la espera, decide formar parte de la fila. Está atenta a la llegada del colectivo.

 

Las cabezas bailan de un lado para otro, como jugando a ver quién lo descubre primero, como si eso les otorgara el derecho a los demás a entrar antes que el hombre de traje marrón que está primero. Detente colectivo. Suban mujeres. Somos muchas. Me contaron que eso no debería ser así. Supongamos que… Gracias señor de traje marrón. Cuánta gente anda por Buenos Aires de noche. México queda atrás. La velocidad  ya difumina las líneas.  Desgarra el gris plano del cemento. La avenida está llena de carteles que brillan. Quizás por eso nadie descansa. Mucha luz. Bazar, por mayor y menor. Juguetes para los chicos. Amarillo y negro, el cartel de la juguetería. Por qué tan negro y tan amarillo, que a los chicos los asusta el negro, y el amarillo retumba, como en una tumba en el negro del cartel. MamaAmasa con una A tan grande que las divide. Mamá unida a la masa que amasa en blanco y rojo. Blanco de masa y rojo de mamá. Iglesia, sos un rayo. Pensando, desapareció la Iglesia. El Ford negro ayudó a taparla. En esa plaza el transcurrir es lento. O el colectivo parece andar despacio. No, es cosa de las plazas. Ahí la infancia es lenta, los juegos no terminan nunca, la fuente no deja de perder agua y de llenarse de agua, más juegos y basta nena de jugar que ya es tarde, y se detiene el colectivo para que deje de jugar, para que pase el tranvía y se lleve la infancia, de golpe. Avance ahora, colectivero, que hay que seguir creciendo. Santa Fe avenida y más carteles, más Ford, más gris, ningún tranvía. Cómo lo lamento, sería bueno subirse a uno para que me acerque a una plaza con chicos de otro tiempo. En plaza San Martín no debe haber chicos a esta hora. ¿Qué hora? La de los rayos que se van convirtiendo en cordones que tendré que saltar. La de las calles que ahora son caminos compactos, otra vez.

 

La máquina completa el recorrido. El pie derecho apresura el descenso. Uno, dos, tres escalones. Más abajo, en el cemento, un charco. Y el pie derecho se sumerge antes de llegar al cordón.

 

¡Glup!…pie derecho. Ahora la huella invierte el arco. Los paréntesis se cierran. Aquí tampoco hay frases dibujadas en las veredas. El paréntesis abierto quedó en la calle México y el que se cierra está debajo del pie. En el medio quedo yo, tratando de encontrar al autor de un poema. Como lo supuse, ya no hay chicos. Me quedo yo solita esperando a los prismáticos.  

 

Mira. Observa. Hay muchachos. Hay coches. Sale un grupo de la confitería de la esquina. Uno de ellos levanta un brazo, como saludando. Ríen. Cruzan hacia la plaza. Parecen repartirse hojas sueltas. Hacen chistes. Irene oye que se ríen y conversan. Marcan las eses. Los trajes oscuros son idénticos. Parece un clan. El clan Prisma. Los sigue. Cruza para salir de la plaza. Uno de ellos pega una hoja sobre la pared del Palacio Paz.  Avanzan otra vez. Se detienen. Irene espera, necesita que se alejen. Se acerca a la fachada del Palacio Paz. Lee. Toca. Despega.

 

La tía no entra a darme las buenas noches hasta las diez. Puede ser que golpee la puerta en un rato. Nadie va a contestar. Ya se habrá dormido, dirá. Eso será todo. Puede ser que mañana me pregunte por qué no respondí. Me dormí temprano, tía, voy a decirle. Así, clarito y con calma, como si no tuviera travesuras para esconder.  Papá no va a enterarse, no tiene cómo. Esta lejos. Tranquila Irene, todo seguirá igual. La tía me creerá dormida, ella no es de desconfiar.

 

Lee Nocturno, Tormenta y Atardecer. Sabe que van a doblar en Callao. Siempre ríen. Hablan.  Giran con la vereda. Ella se apresura como si no quisiera perderlos de vista. Dobla. Se detiene. No estaba previsto que justo allí, a la vuelta de la esquina, la sorprendieran. La miran. La observan. La estudian.  Irene sabe que se ríen a causa de los pantalones. No acostumbran a ver mujeres vistiendo jeans.

 

Quería conocerlos, nada más. / ¿Por qué? / Porque leí la primera Prisma / Ah… ¿sí? / Sí / ¿No sabe que es muy de noche para estar sola? Una señorita…/ Sí, cómo no voy a saberlo. Quién de ustedes escribió… / Todos / O ninguno / Son de España / Algunos / ¿Y usted? / No, yo no. Vivo en la calle México. Esto de la revista mural es magnifico / ¿Cómo nos encontró? ¿Es amiga de Norah? / No / Pero el primer número fue en diciembre ¿va a decirnos que desde diciembre, todas las noches, esperó el segundo Prisma en plaza San Martín? / Si / ¿Le creemos Georgie? / ¿Por qué habría de mentir? ¿En la calle México me dijo? / Sí. También encontré en Callao y en Córdoba. Oí hablar del recorrido, que en Santa Fe, que en plaza San Martín. /  Vamos. Acompáñenos. Es de caballeros acompañar a una dama sola. / Qué te ha pasado Georgie, te ha podido la niña / La niña no, la dama, Eduardo. / Por lo que has dicho, tu casa está en el recorrido, llegaremos al final / Así es. Jorge, ¿verdad? / Georgie para los amigos. No les hagas caso. Siempre se burlan. No aprendieron a tratar a las mujeres. / ¿Tu sí? / Sí, Eduardo, él sí.

 

Se dividen las hojas. Jorge le entrega las de él a Irene, que lo acompaña. También los otros adornan con Prisma las paredes de la ciudad. Ella sólo ayuda a Jorge, que le dice “otra” cada tanto. Caminan juntos a pesar de los amigos. Hablan en inglés. Jorge se divierte. Sabe que Irene equivoca las palabras. A ella no le interesa, reconoce que está en problemas con el inglés y también sonríe.

 

La noche está linda / Como quien recorre una costa
maravillado de la muchedumbre del mar / Eso es un verso / Es para usted / Aquí es mi casa. Voy a subir por el ascensor a pesar del ruido. Me da la sensación de que me lleva al cielo. No me pasa lo mismo con las escaleras. Espero verlo otra vez / En plaza San Martín. Para la próxima Prisma / Le preguntaré a Elena / ¿Elena? / Sí, ella sabrá decirme cuándo saldrá la tercera / No ubico a esa Elena. / No importa, ella los conoce / Confiemos en su Elena, entonces. Será un placer volver a verla / Hasta pronto.

 

Jorge la besa en la mejilla y ella lo deja. Irene iba a contarle de una certeza triste que la angustia: ella sabe que no habrá una tercera Prisma,  pero prefiere no hablar más. Entra al pasillo de espejos. Se mira. Se detiene. Se quita los zapatos. El derecho ya está seco, no delatará la salida nocturna.  Gira. Mira atrás para retener la imagen.

 

Todavía estás ahí, Jorge, como un cuadro móvil, delimitado por el  marco dorado de la puerta, pensando, seguro, en tu próxima dedicatoria.

 

Jorge se inclina, como saludando. Irene levanta la  mano que no sostiene los zapatos. Abre la puerta y entra al ascensor. Jorge, en voz baja, dice: “No se mira para atrás en las despedidas porque el pasado desaparece” y, arrastrado por el grupo de amigos, abandona el cuadro último que vio Irene y se esfuma de esta historia que ya es anécdota, o habladuría.

 

Acerca de eroxacourthes

French traveller, writer and translator, foolish of Latin Amarica!!!
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