” Prosas entreveradas”, Fernando Aínsa

 

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PROSAS ENTREVERADAS (SEGUNDA TANDA) POR FERNANDO AÍNSA

Entreverar: Mezclar, introducir algo entre otras. cosas//
Dicho de personas, de animales o de cosas: Mezclarse desordenadamente //
Dicho de dos masas de caballería: Encontrarse para luchar.
(Diccionario de la Lengua Española
Real Academia)
La otra guerra de siempre
La orden es de marchar siempre hacia el frente. Sentimos incluso que avanzamos cuando caemos rendidos, descansamos y nos dormimos. Al despertarnos —como si viajáramos en un tren nocturno— descubrimos otro paisaje a nuestro alrededor. Creo, sinceramente, que no nos detenemos nunca. Parece inevitable y nos resignamos. En realidad, sospechamos que estamos en guerra, muy probablemente desde que nacemos. Desde pequeños, apenas tomamos conciencia de nuestro lugar en el mundo, ingresamos a esta batalla, sin posibilidad de volver hacia atrás.

Nuestro padres van más adelante (en realidad llevan más años en este guerra que nosotros) y a veces los perdemos de vista al ascender una ladera o al ingresar en un callejón sinuoso. Algunos viejos colegas nos saludan desde lejos con una sonrisa, aunque en realidad es un rictus con que disimulan una profunda tristeza. Alguno diría: miedo.
Porque van cayendo compañeros de ruta, al azar.
Fulminados o tras una larga y dolorosa agonía, mueren. Pasamos sobre sus cuerpos y seguimos adelante. No nos podemos detener, aunque sollocemos o sintamos que los ojos se nos llenan de esas lágrimas saladas que sorbemos en silencio.
Caen al azar, sí, pero descubrimos una lógica fatídica en esta guerra. Son los que van en primera línea, los que van multiplicando los riesgos de la muerte que nos diezma.
Tenemos hijos que, felizmente, van quedando atrás.
Maduramos, o lo más probable, envejecemos.
Y si al avanzar nos aproximamos cada vez más a esa primera (¿o última?) trinchera, descubrimos con cierto alivio que nos volvemos insensibles. Muchas cosas ya no nos importan.

A veces la guerra tiene sus pausas, sus falsas ilusiones de tregua. En esos momentos, hacemos chistes sobre la muerte.
Soñamos con un armisticio, con milagrosos remedios, con avances científicos Algunos hablan de la vida eterna. Nos hacemos ilusiones. Nos proclamamos pacifistas, manifestamos con pancartas que proclaman: “No, a esta guerra”, pero de poco vale.

A todo lo más quisiéramos dilatar lo inevitable, algo azaroso, imprevisto que irrumpiera para darnos fe o esperanza.

Porque si avanzamos al principio en orden cronológico, la muerte en esta guerra crea desorden y desconcierto. Nadie sabe hasta cuando estará vivo, el instante en que caerá segado, pero —pensándolo bien— ¿aceptaría alguien saber la fecha fija, el preciso momento en que dejará el campo de batalla a los que vienen detrás, andando desde lejos, en esta marcha interminable de una humanidad que parece no tener fin y que, sin embargo, lo tiene?

Bañarse dos veces en el mismo río

Cuentan que no hace mucho un vecino de este pueblo quiso desmentir a Heráclito y bañarse dos veces en el mismo río. Entró seguro a su cauce y luego, empapado, tomó su bicicleta y pedaleó sudoroso un par de kilómetros corriente abajo y esperó sumergido el paso de aquellas primeras aguas.
Pero no pudo contar su hazaña, porque murió pocos días después, no se sabe si de bronquitis o contaminado.

Dificultades del viajero

—Est-ce que vous parlez français?
—Oui, suffisement pour avoir des problèmes.

Dilemas

¿Comida fast–food, o ne(fast)a food?

Al llegar a la Oficina de Inmigración para regularizar su situación le dieron a elegir entre dos puertas. Una decía “Entrada prohibida” y la otra “Sin salida”.

Temores

El tiempo verbal que más temo es el futuro imperfecto

Últimamente se preocupa mucho por el futuro de su nostalgia.

Frases solicitadas en préstamo (sin devolución)

Maturana, lingüista, afirma “Yo asumo y soy responsable de lo que digo, pero no de lo que usted escucha”.

Si no existiera el punto de interrogación nadie mentiría (Silvina Ocampo).

Los espíritus son como los paracaídas. Solo funcionan cuando están abiertos (Louis Pauwels)

“La razón es la inteligencia en ejercicio, la imaginación es la inteligencia en erección” (Víctor Hugo)

Cosas de escritores

Para que los escritores desplieguen sus alas —decían los ornitólogos— necesitan la libertad de poder utilizar sus plumas. ¿Qué hacemos ahora frente a la pantalla del ordenador?

El síndrome de la hoja en blanco, angustia recurrida del escritor pre-informático, se ha superado. A falta de inspiración, navega ahora al azar de las palabras encontradas en el buscador. Y navegando, piratea a gusto.

Recuérdalo, por las dudas: todos los escritores inmortales se han muerto.

Sigo asombrándome de que Octavio Paz pudiera haber dicho: “Déjenme solo, que soy muchos”.

Era un escritor tan modesto que disimulaba sus pensamientos en los libros de los otros.

Los libros deberían tener, como los potes de yogurt, su fecha de caducidad.

Le dicen cabeza hueca; entonces, ¿por qué no tienen eco sus palabras?

De joven prefería el espejo de Stendhal paseando a lo largo del camino y en su reflejo creía ver la realidad del mundo. Fueron luego espejos cóncavos el modelo, deformaban todo sin remedio desde el ángulo inesperado de la mirada de Gregorio Samsa.
Ahora prefiere atravesar el azogue de la mano de Alicia para inventarse (del otro lado)esa utopía con la que soñamos a veces.

El domador de palabras

Al ver en el circo el número de los leones el niño sintió despertar una temprana vocación de escritor. Metido en la jaula con las fieras, látigo en mano, el domador, daba trallazos a diestra y siniestra y con gritos enérgicos las hacía saltar a través de aros que sostenía con la mano izquierda. Se alzaban sobre las patas traseras y giraban con forzada docilidad alrededor de la jaula circular, aunque a veces gruñían con nostalgia de viejas rebeldías.

Sentado en la grada de madera junto a su padre, bajo la carpa que sacudía el viento (¿era cierzo o pampero?) que anunciaba probables temporales, intuyó a sus catorce años que su destino no podía ser otro que el de escritor. Cuando el italiano de grandes bigotes se acercó al viejo león que estaba sentado sobre un tonel decorado con estrellas de varios colores, le abrió con sus manos las mandíbulas y metió la cabeza dentro de sus fauces, el niño ya estuvo seguro para siempre, mientras el público aplaudía. Al terminar la función quiso hablar con el domador. Lo encontró dándole de comer a sus animales grandes trozos de vísceras violáceas. Atusándose los bigotes, le confesó que ese era el secreto: después del látigo y las pruebas de sumisión, del duro aprendizaje y de esa docilidad manifiesta; tras el eco de los aplausos, las fieras debían recibir una recompensa. No solo obedecían por temor al castigo, sino por el premio que les esperaba luego.

“Como las palabras” —se dijo el niño, ya convencido—. Así haré con ellas, las domaré para encerrarlas en un texto. Pluma en mano, las amaestraré hasta que se aplanen sobre el papel, las obligaré a piruetas y acrobacias; luego las recompensaré con metáforas logradas y composiciones exitosas”. Sin embargo, al alejarse no pudo dejar de ver el zarpazo contra los barrotes de la jaula y escuchar el rugido con que el león lo despedía. Sospechó, entonces, que la tarea sería más difícil de lo que pensaba.

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Autor: Fernando Ainsa
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