“Cara de ladrillo o don Colador I”, micro relato de Gabrielle Granval, octubre de 2006

Cara de ladrillo o Don Colador I

 

Gabrielle Granval

 

 

 

Yo soy de la Martinica con mi piel de bananica, le lanzó un chiquillo madrileño al tiempo que le hacía un palmo de narices a la niña, de vacaciones en España con sus padres. « Négresse à plateau », le espetó más rudamente poco después, en un soleado mes de octubre parisino, un muchachito francés pelirrojo en el patio de recreo del colegio, señorial y acogedora casona que ella amaba entrañablemente. La niña se puso a cavilar.  La cosa se estaba poniendo seria, lo presentía, sin comprender el significado exacto de los misteriosos vocablos. Bananica, de banana, seguro. Y banana sonaba a banane, ¿no es cierto? Aférrate a la raíz, no vayas a derivar si quieres llegar al puerto . Cómo voy a derivar si Castilla « tiene castillos, pero no tiene una mar ». De modo que ya estaba resuelto el problema lingüístico, por lo menos. Plátano, más familiar  para ella que estudiaba desde hacía poco el noble idioma de Cervantes, le hubiera gustado más por ser vocablo esdrújulo, aéreo, elegante, ajeno a esas torpes e infantiles reiteraciones  de la « a ». ¿A quién podía  gustarle esa empalagosa palabra, sólo buena para ávidas bocas desconsideradas. No, decididamente, le humillaba el haber sido llamada la « bananica  de la Martinica». ¿Y cómo es que adivinó el travieso niño madrileño que era ella de la Martinica? ¿Cómo diste en el clavo, maldito chaval, carajito que ni sabes, eso seguro, dónde queda mi isla paradisíaca? ¿O será que le había visto la cara amarilla, como a los chinos que eran a menudo objeto de mofa? Café au lait,  cretino, éste es mi color. Aprende a mirar y no digas más bobadas. Déjalo ya, Amélie, no te acalores, no ha pasado nada, si sólo se trata de una cancioncilla de su tierra. Ah, bueno, bueno, entonces… Ya no digo nada. Una canción medio tontica , con su piel de bananica, eso sí. No me lo van a negar ustedes. Ya era hora de cenar .Y la niña contemplaba feliz, melancólica, los hermosos soportales de la Plaza Mayor hundiéndose suavemente en la sombra, mientras sus padres eufóricos, exaltados por la transparencia del aire, la tibieza de un vientecillo juguetón  y la gloria de la propia juventud encargaban el mejor cordero asado de todas las Españas.

« Négresse à plateau ! »  Sus compañeros asombrados se dieron vuelta para mirar al deslenguado. Ya  le habría picado otra vez a Charles  la Mosca de la Pretensión.  Siempre andando con ganas de deslumbrar a los más chicos con sus sofistaciones lingüísticas. No había quien lo entendiera. Y ahora le daba por meterse con Amélie, provocándola… ¿Pero  qué es lo que quería decir Charles, por Dios? Oye, chico, ¿de  qué mesetas estás hablando ? Y el maldito se reía con petulancia. Anda, no seas malo, ¿de qué bandejas entonces? Y siguió fastidiando obstinadamente a todos con su silencio. El juego colectivo se paró. En adelante Amélie se negó a jugar a la boîte à coco por miedo de que se repitiera la ofensiva embestida. Dejó entonces de sonar en el patio del colegio la cansina melodía infantil acompañada de saltitos rítmicos.

 

Où est-elle donc la boîte à coco

Elle est cachée derrière le rideau

Une, deux, trois.

 

No se aludió más a la teatral cortina que tapaba el tesoro absoluto, la golosina entonces de moda que volvía locos a los escolares más razonables: unos infectos  polvos de regaliz que teñían de ocre los blancos dientes de la infancia, y venían contenidos en cajitas metálicas circulares obsesivamente chupeteadas.

 

Négresse à plateau ! La boîte à coco, négresse à plateau,  O… O… Horrible noria que  había terminado  por desestabilizar gravemente a Amélie  y la había herido profundamente sin que alcanzara a saber la razón exacta de su desasosiego. Tras pegarse sobre su piel cual escama de besugo fría y maloliente, el insulto  se había plantado inconscientemente en sus carnes como un pérfido casco de vidrio. Amélie había intuido la violencia del rechazo, el desprecio incomprensible de Charles.  Esta maldad gratuita, la niña  habría de recordarla  dolorosamente hasta que le vino la iluminación a través de un hermoso libro de láminas fugazmente manoseado  en una polvorienta librería de la rue Daguerre, a la que acudió como movida por una intuición. Quería saber, quería comprender. Iba a conocer por fin las maravillas de ese antro tan aparatosamente elogiado por su hermano mayor, que en él compraba toda clase de imágenes para sus álbumes seudocientíficos de joven estudiante engreído de cuarto año de secundaria.

Amélie empuja emocionada, un neblinoso jueves por la tarde, la pesada puerta de un amarillo descolorido. Aquí descubre en estantes de dudosa limpieza unos libros de imágenes que reproducen las mil caras pintorescas, de todos los colores y rasgos, de una humanidad infinita. Aquí refulgen todos los continentes cual gemas insólitas, la ardiente África y la lánguida Asia. Aquí todo es sorpresa, sabrosura,  perfume exótico. Aquí está la clave del misterio, lo husmea en el aire, se lo dice el corazón que late precipitadamente.

Está prohibido robar, ¿no lo sabes ? Mirar y no tocar. Bueno,  no es para tanto. Que no me voy a llevar el libro. Y si hurtara solamente una… ¿Hurtar? ¿Has dicho hurtar? Si hurtar es robar, mujer, o es que nunca abriste un diccionario de sinónimos. « Robar, hurtar, birlar, afanar y que sé yo. » Y si me contentara con arrancar la página que me interesa.  Arrancar zarzas, yuyos, está bien, ¿no? Y ¿por qué  no páginas? Arrancar : hay casos en que es una clara  modalidad del robo. Bueno, dejemos esto.  Ay, mi madre,  parece mentira lo que ven mis ojos. « Négresse à plateau»: ¡menudo espectáculo! Ésa soy yo, entonces. Esa africana de labios distendidos, deformados por un semicírculo de madera introducido en la boca. ¡Vaya, vaya! ¡El Africa insólita y salvaje!  Apréndete de memoria las aclaraciones del libro. ¿Acaso no querías ser sabia para impresionar a tu padre?

Y ahora, ¡lo que faltaba! Al lado de la « négresse à plateau » está la « mujer jirafa » de cuello monstruosamente alargado y fofo. Debo de estar soñando. No, no puede ser. Con el noble maya de cráneo deformado y ojos bizcos, ya teníamos bastante ¿no ? No puede haber en el mundo tanta extravagancia.  Mañana no vuelvo  al colegio. No piso más mi querido Lycée  Montaigne, por quien lloro cuando termina el año y se dispersan los alumnos, con su esbelta palmera de coquetas ramas leves y ondulantes. No vaya a ser que además de « négresse à plateau » me espete el Charles ese delante de todos « negra, mujer jirafa ». Así que eres una  africana, Amélie. Te lo dijo el pecoso Charles. En parte solamente, cretino. Mi color es café au lait, tarado, o es que no sabes de colores, que hasta los párvulos te podrían leer la cartilla. Mulata soy, pero para serte franca, Charles , el sambenito de negra que me colgaste no me va ni me viene. Las hay bonitas, no, y hasta lo dicen en las láminas los señorones antropólogos que más entienden de mujeres que tú, boquirrubio. Seguro que esto no lo sabías, maldito pedante, tampoco  te lo explicaron los racistas de tus padres .  Negro : es un color que siempre me ha gustado y que es de lo más elegante. Frac negro, negra  levita para las grandes ocasiones; pelo negro del latin lover; ojos negros y rasgados de la amante gitana ; negro color que compensa en los cuadros lo soso del blanco, si lo afirman los expertos; belleza vital del negro, en fin,  o es que no conoces, analfabeto, al mulato Presentación Campos, el personaje de don Arturo de quien todos se enamoran,  el docto profesor Pablo Catalán, la Renaud, que son gente sensata, según dicen, y hasta el escéptico y burlón Moreno.

Así que negra, todo lo que tú quieras, ¿por qué no?, Insigne Ciego. Pero  eso del « plateau », nada. Que no me vengan con esa cantinela. Ni de madera, ni de plástico, ni de albatros, perdón, alabatros, perdón, abalastro, perdón, alabastro  —ya ni sé lo que digo de tanta rabia como me dan tus impertinencias.

Yo ya sufrí bastante. Como soy una niña tonta, todo lo negro me resultaba extrañamente desagradable . Ya no me apetecían más las ciruelas pasas, bien gorditas, carnosas, más dulces que el maná de Dios. Se las dejaba al aprovechado de mi hermano que se reía socarronamente de la estupidez femenina. ¿Acaso no son todas unas pendejas, le decía a su amigo Claude,  llenándose la boca con este sabroso vocablo mejicano que últimamente le había dado por  emplear a cada rato. Pero mi mamá, que es una feminista que se ignora, me sugirió cómo vengarme.

Sigue leyéndome, comprensivo lector, y verás cómo el basilisco termina vencido y su veneno desactivado. No hay bien que por mal no venga. Todo se alcanza con paciencia. No hay cosa ni ser que por perfectos que sean no tengan un pequeño defecto. Busca y encontrarás. Así habló Molocoy, como le decían cariñosamente los niños a la madre. Sí, encontré por fin tu punto débil, muchachito pecoso, con tu cara de ladrillo, más marrón que la mía —pálida resulto yo a tu lado— , qué gracia, todo un colador con más agujeros que el cielo estrellado. Ya te tengo, amigo mío. No pongo más la mejilla, no subo a la cruz. Para otros, para otros.

Y cuando sonó a su vez en el patio de recreo la teatralmente agresiva interpelación « Face de passoire trouée », el hallazgo que había de darme notoriedad entre mis compañeros permitiéndome capitanear más adelante la « Banda de los cartagineses »; cuando estalló en amplias ondas renovadas la hilaridad general  y se acercaron precipitadamente los profesores intrigados por el desacostumbrado estrépito,  supe que había ganado definitivamente la partida. El Charles agachó la cabeza, intentó taparse con las manos las lentejas de la cara, muequeó de rabia y se escabulló rozando los muros del colegio. Pasó al lado de la adorada palmera de Amélie y era tal el contraste entre el esbelto y fuerte  árbol africano y el desmelenado, el desplumado fugitivo europeo semiencorvado —alas de gigante no tenía para escapar— ,  que la niña casi se arrepiente de su cruel burla.

Dos años más tarde, en un umbrío recoveco del jardín del Luxemburgo, cerca de la fuente Médicis,  Amélie se cruzó por casualidad con Charles. Un hermoso Charles de pelo encendido, de ancha y simpática cara pecosa. Lo interpeló amistosamente: « Oiga, don Colador I, se le saluda. La negra Amélie, pecosa ella también, se inclina respetuosamente ante su Majestad ». Charles, incrédulo, se le acercó riendo y pudo comprobar efectivamente que de sus lejanos antepasados holandeses la niña había heredado algunas pecas rojizas— demasiadas, para el gusto de su madre—  que ninguna crema «Annie», por muy renombrada que fuese, jamás había conseguido borrar ni atenuar.  

 

Acerca de eroxacourthes

French traveller, writer and translator, foolish of Latin Amarica!!!
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